La verdadera disputa en el país no es la de comunistas versus fascistas conservadores. Tampoco la de izquierdas por el control del gabinete ministerial. Ni mucho menos la de un empresariado mercantilista y oligopólico versus un empresariado emergente con capitalismo popular. La batalla crucial hoy es la de centralistas y descentralistas, una vieja disputa por el control del gobierno central.
El problema es que los burócratas regionales que intentan desplazar a los limeños no mejoran el perfil técnico que requieren los 500 puestos claves necesarios para iniciar una reforma de Estado con inteligencia. Ningún partido político reúne siquiera el 10% de estos cuadros. Esta es la razón por la cual quien gobierna está obligado a hacer alianzas políticas con otras fuerzas para permitir, al menos, el avance inercial del gobierno (aquello que llamamos piloto automático). Es imposible intentar una reforma que se respete sin contar con cuadros preparados para lograr esta meta.
Resulta contraproducente –por ello– eliminar 16 instituciones públicas centralistas que resultan ineficientes en su accionar regional, cuando el proceso descentralizador se encuentra inconcluso. La departamentalización impide un manejo inteligente del territorio nacional, así como el despegue de regiones como polos de desarrollo. Los departamentos no son regiones. Estas deben ser el resultado de unificar territorios en macro regiones que concentren presupuesto y recursos humanos competentes. Este es un requisito previo para iniciar una reingeniería del aparato gubernamental.
No les falta razón a los activistas centralistas cuando critican esta medida. Tampoco cuando cuestionan las declaraciones de un ministro de Cultura anunciando la desaparición del ministerio de Comercio Exterior y Turismo. Son disparos al aire de acciones sin rumbo, que obviamente responden a un deseo regional sin estrategia ni visión global. Ninguna reforma de Estado moderna puede obviar nuestra inserción en el mundo global. Pretender hacer cambios en el aparato público centralista hegemónico durante 200 años en menos de un mes de gobierno, sin una clara hoja de ruta y con un evidente desconocimiento de gestión pública moderna, es socavar nuestro futuro como país, poniendo en riesgo lo alcanzado hasta hoy a nivel nacional e internacional.
El presidente Castillo debe abortar de inmediato este plan suicida que algunos ministros proponen en una lógica de compartimentos estancos, mirando el progreso hacia dentro y no hacia fuera, como exige toda estrategia de desarrollo sostenible en el mundo moderno.
Señales como cambiar al ministro Béjar en la cartera de Relaciones Exteriores y poner al ministro Maurtua, y el sano distanciamiento de la agenda partidaria de Perú Libre y de Vladimir Cerrón son decisiones importantes en este juego de poder, pero resultan insuficientes para darle confianza a los actores económicos y sociales que, confundidos por la falta de claridad en el discurso oficialista, dudan de la gobernabilidad. A tres días de la presentación del gabinete Bellido en el Congreso, el presidente Castillo aún está a tiempo de hacer ajustes para obtener una confianza que tenga el horizonte que la mayoría de los peruanos buscamos. ¡Quedamos atentos! La decisión está en sus manos Presidente Castillo.

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