Un proceso político que deberán asumir los empresarios de hoy es el cambio generacional al interior de los distintos gremios y sus equipos de pensamiento, a propósito de la elección del presidente Pedro Castillo y su guerra fría con la oposición mayoritaria del Congreso de la República.

 

El cambio generacional no significa –por cierto– que los herederos de las mayores fortunas del país sigan repartiéndose cargos dirigenciales como si fuesen un botín de guerra, sino poner a gerentes y directores con el suficiente conocimiento histórico, regional y sensibilidad social, además de destrezas para los negocios, que les permitan comprender los cambios que debemos asumir y realizar en el modelo de desarrollo hegemónico los últimos 30 años, sin que esto signifique un trauma social que enfrente, irreconciliablemente, al centralismo limeño contra el resto de regiones del país.

 

El nuevo empresario debe sepultar al “empresaurio” del ayer. Sepultarlo significa demostrar que crecimiento, inclusión y desarrollo pueden coexistir con resultados favorables para la mayoría de los peruanos. Sepultarlo significa combatir conceptos dogmáticos escondidos bajo fachadas de libre mercado y mano invisible. Sepultarlo significa denunciar mercantilismo y clientelismo como principios rectores del ascenso económico y social. Sepultarlo significa abrir mercados a la competencia y permitir el ascenso de pequeños y medianos emprendedores que no teman batallar en el mercado, estableciendo calidad de servicio y de producto como pilares de una oferta y demanda no contaminadas por corrupción de funcionarios y/o gerentes.

 

El nuevo empresario debe comprender que la narrativa de sus gremios debe incorporar en su agenda país temas que antes eran complementarios y hoy son la columna vertebral de su acción empresarial: desarrollo regional como polos de inversión, negociación y gestión social con comunidades en zonas de influencia, inversión público-privada en salud, educación y producción local, entre muchos otros que solo quedaban anotados como notas a pie de página en los documentos de gestión pública que producían los ministerios, y hoy serán el cuerpo central del accionar gubernamental. O el empresariado se monta en esa nueva ola regional e inclusiva, aportando la moderación necesaria que los radicales confunden con “revolución”, dándole ese toque de realidad que el empresario sabe darle a la dinámica social, porque tiene esa facultad para resolver y tomar decisiones, que otros actores sociales no tienen o no han desarrollado adecuadamente para transformar la realidad.

 

El reto es muy simple. O el empresariado comienza a hacer política a través de sus gremios, con gente capaz y de pensamiento moderno, y negocia espacios de poder y de generación de riqueza con el gobierno de turno (o lo que quede de él tras su presentación en el Congreso), o los “empresaurios” quedarán rezagados en la historia por dogmáticos y retardatarios. Las sociedades, a diferencia de los individuos, no nacen ni mueren, solo se transforman. Comprender los procesos de esa transformación requiere inteligencia y paciencia. No impaciencia, ni mitos, ni dogmas, ni mal humor.

Deja un comentario