La gran incógnita que aún tenemos quienes seguimos la coyuntura política es si el Gabinete Bellido es resultado de un secuestro que Vladimir Cerrón ejerce sobre el presidente Castillo, convirtiéndose en una provocación para desencadenar una guerra a muerte entre radicales de izquierda y de derecha por el poder; si es resultado de la incompetencia del mandatario para lograr administrar adecuadamente las cuatro canteras de tecnócratas y funcionarios que tiene a disposición y a quienes debe pagar su aporte al triunfo electoral, poniendo en evidencia una precariedad y fragilidad política sin precedentes en la historia republicana; o si se trata de una jugada maestra del presidente electo por sacar del juego a Cerrón de una vez por todas, quemando en este primer gabinete a lo mejor que podría presentar el ex gobernador de Junín, si de dirigir el país se trata.
No lo sabremos a ciencia cierta, mientras esos indicios de copamiento y que existiría un plan premeditado para destruir la democracia y reemplazarla por un Estado autoritario y controlista –que hoy vemos con preocupación– se conviertan en acciones que atenten realmente contra un sistema democrático y una sólida economía que aún gozan de fortaleza y vigor.
Esta misma democracia que logró resistir el embate de un discurso radical de derecha, que promovió un golpe de Estado militar o de guante blanco, instalando en Palacio de Gobierno a quien ganó la elección, nos guste o no, es la misma democracia que hoy debe utilizar todas las armas constitucionales y legales que tiene a su disposición para poner en jaque todo intento desestabilizador de izquierda radical que emane del gobierno de turno.
Bajo esta perspectiva, poco ganan quienes fomentan una vacancia express al estilo Vizcarra, apenas seis días después de que el nuevo mandatario asumiera funciones, porque no existen razones contundentes que sustenten el uso de tal recurso. Eso no quita que el Parlamento pueda interpelar al premier y uno a uno a cada ministro que no cumpla el perfil de competencias para ocupar el cargo, o tenga en su pasado antecedentes policiales y penales que le impidan ejercerlo con ética y responsabilidad. Y tiene el poder de censurarlos y solicitar al presidente la elección de peruanos que demuestren tener las mejores cualidades para resolver los problemas sectoriales y proponer soluciones, siendo hoy lo que el Perú más necesita.
Si Castillo no aprende a leer lo que esconde la expectativa ciudadana del 80% que no votó por su apuesta ideológica en primera vuelta, y lo respaldó solo porque ajustó su propuesta a un cambio moderado del sistema, él y solo él será responsable de su propia debacle. Lo que toca hoy es ejercer el poder y hacer política, lo que significa mover las fichas del ajedrez para restablecer alianzas y no renovar conflictos, de manera que su gobierno tenga un horizonte hacia adelante. De lo contrario, estaremos viendo nuevamente el fin de otro gobierno autodestructivo que no logra comprender el rol histórico que puso en sus manos el Bicentenario de la independencia.

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