Cuando una mitad del Perú le dice a la otra que le está robando el país, comprendemos que a nuestra sociedad no solo le hace falta paciencia para esperar resultados electorales, sino que requiere con urgencia de una terapia colectiva que resuelva cuanto antes los serios problemas de intolerancia, discriminación y racismo que ponen en jaque nuestra futura convivencia.

No puede ser interpretado de otro modo el llamado de la Derecha Bruta y Achorada a un golpe de Estado institucional y/o militar, si es que el Jurado Nacional de Elecciones finalmente da como ganador al candidato Pedro Castillo. Esta narrativa lo único que demuestra es que hay algunos peruanos a quienes los privilegios los embrutecieron más de lo que nos indican los análisis sociológicos contemporáneos.

Sabemos que la nuestra es una Sociedad fracturada e inorgánica. Sabemos que la herencia colonial nos arrastra hacia la informalidad y el olvido. Sabemos que nos molesta admitir taras y complejos. Pero sabemos también que –tarde o temprano– si nuestras élites son incapaces de resolver contradicciones con un liderazgo moderno y de avanzada, éste puede ser sustituido por alternativas cavernarias y obsoletas, donde el acuerdo desaparece para dar paso a la imposición, donde el diálogo se agota y permite el grito autoritario, donde la libre competencia se convierte en control absoluto y violento.

Lo paradójico del momento electoral es que la candidata que “defendía el modelo” se convierte hoy, gracias a la narrativa de sus aliados cavernarios, en quien pretendería minar el sistema mismo de elección, y el candidato “antisistema” se convierte hoy en su principal defensor. ¿Pueden creerlo?

Resulta de una locura insostenible en la percepción ciudadana. Pero está ocurriendo en la vida real. Aunque Usted no lo crea. Por ello es necesario llamar a la calma. Recordar a las barras bravas que se movilizan en las calles, que ambos candidatos reconocen la última palabra de la autoridad electoral. Y si bien tienen todo el derecho de solicitar los trámites de impugnación y nulidad que consideren necesarios, aceptarán el veredicto del Jurado Nacional de Elecciones, cuando éste dé el pitazo final a la contienda.

Esta es la única forma de garantizar la vuelta a una normalidad política que nos permita encaminar un desarrollo económico sostenible. No es la pata del crecimiento la que falla en el modelo, sino la de lo jurídico-político (representación y normas) y la de lo social (redistribución), permitiendo un crecimiento sin equidad. Si no entendemos dónde tenemos que hacer los ajustes, entonces condenaremos al Perú a una eterna lucha sin sentido contra sí mismo. Y esta rivalidad electoral parecerá un juego de niños cuando un Frankenstein de verdad amenace nuestra convivencia.

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