Los graves problemas con las candidaturas apristas marcan un nuevo hito en la larga decadencia de uno de los partidos históricos del Perú. Otros precisarán que el término exacto es agonía.

En este caso la controversia viene por el retraso en la inscripción de la mayoría de listas parlamentarias, Lima incluida. La cabeza de esa lista, la hija del fallecido ex presidente Alan García, reclama la reorganización partidaria. La candidata presidencial Nidia Vílchez publicó un tuit en el que dio cuenta de su renuncia, que después retiró. En ese lapso circuló una comunicación del ex ministro Enrique Cornejo a Vílchez, que pone en evidencia el alcance de la crisis. Para Cornejo es real el peligro de no pasar la valla electoral del 5%. Y no está desencaminado.

Las raíces de la decadencia tienen varios ramales. Pero resulta indudable la responsabilidad del ex presidente García. En una de las muchas paradojas que encerró el personaje, cumplió la hazaña de llegar por segunda vez a Palacio de Gobierno a pesar de las consecuencias desastrosas de su primera administración y a la vez bloqueó las posibilidades de un relevo generacional. El famoso ego colosal pudo tener que ver. Pero también el peso que tuvo el partido y sus conflictos internos en el quinquenio 1985-1990. Las rivalidades intestinas volvieron a socavar la interna durante el segundo gobierno, pero García cortó de un tajo la capacidad de influencia partidaria en las políticas de Estado. También la emergencia verdadera de nuevas figuras.

La redención que obsesionó a García, y que parecía más cercana luego de una gestión que concluyó con números en azul y al alza, también se desdibujó. Las críticas enconadas de sus adversarios de izquierda y de derecha, así como de los medios, terminaron por cambiar la imagen del espejo retrovisor. La derechización del partido y las manifestaciones actualizadas de antiaprismo hicieron lo suyo. Y a ello también contribuyó la insistencia del ex presidente en seguir en política activa, más allá de su fecha de caducidad como contendiente electoral. El caso Odebrecht, que no ha dejado títere sin prisión preventiva, lo llevó al suicidio. Un final trágico para un político que en su momento fuera tan hábil como controversial.

Más allá de las características puntuales de esta decadencia, la situación pone en contexto el vacío que deja la cuasi desaparición de los partidos con ideología y militancia. El APRA histórico combatió a las dictaduras y representó el fiel de la balanza en momentos cruciales de la historia reciente, como la Constituyente del 78-79. No es por nada que el origen de la ojeriza de la izquierda estuviera en una competencia electoral en la que los apristas ocuparon ese espacio con un discurso que también sirvió de contención a los radicalismos, que sin embargo se decantaron por vías asesinas como la de Sendero Luminoso. Por cierto, proceso que, en parte, también ha bloqueado la posibilidad de una izquierda más moderna.

Tampoco fue por nada que se calificó a Acción Popular como el intento de conformar un “APRA blanca” que incorporase los valores republicanos de centro en un país tan complejo como el Perú. Hoy ese partido también muestra un penoso nivel de descomposición a pesar del buen pie que le dieron los últimos procesos electorales. El pasado queda cada vez más atrás, pero el futuro todavía no queda claro.

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