Ahora en el Perú ya resulta casi normal que se realicen bloqueos de carreteras en dos puntos neurálgicos de la costa del país para presionar al Congreso con el fin de aprobar una ley. 

Miles de personas se encuentran varadas desde la madrugada en Ica y La Libertad, sin comida ni agua, porque ese es el modo con el cual se garantizan la aprobación de las nuevas reglas de juego para el sector agrario. Casi todos esos pasajeros no tienen dónde ir. En la práctica es una retención de rehenes. 

Tras las violentas protestas de hace un par de semanas, el Congreso se fue con todo y derogó la ley anterior, cuya vigencia había sido extendida por diez años más en el 2019. Los manifestantes liberaron las vías en el momento en el que se confirmó la eliminación de la ley. Vivaron ellos, también los ocupantes de los vehículos liberados. No se sabía si era solidaridad o síndrome de Estocolmo. 

El detonante fue el abuso de las empresas de “services” pero la baraja del descontento se desplegó hasta abarcar todo el modelo de un sector que ha sido motor indiscutible de la economía peruana en los últimos años.  

La comisión designada por el Congreso para proponer una nueva ley se apresuró en producir un texto que casi duplicaba las remuneraciones. Los agroexportadores advirtieron que, de aprobarse, quebraban de inmediato quienes se dedicaban a cultivos estrella como el espárrago y la uva de mesa. El ministro de Economía y Finanzas añadió en el pleno que se estaban equivocando a la hora de calcular el salario mensual y qué de hacerlo bien, sobre 30 días y no 25, los resultados no iban a distar mucho de lo que ya se tenía. Pero los trabajadores ya habían visto agrandadas sus expectativas. El Congreso no se puso de acuerdo para consensuar la ley y comenzaron de nuevo los bloqueos.           

Los periodistas que entrevistamos a los congresistas sobre el tema no recibíamos respuestas sobre cuestiones básicas. La escasa rigurosidad era evidente. El péndulo peruano deja que los conflictos se incuben y de ahí pasa a borrarlo todo de un plumazo. Los debates para arribar a un punto de consenso ya no existen. Es el reflejo del estado de las relaciones políticas en el Perú. Parece que la idiotez binaria de las redes sociales se ha tomado nuestra forma de relacionarnos.   

Es cada vez más clara la encrucijada en plena pandemia. De aquí se puede ir al desmantelamiento del sistema económico que, a pesar de las inequidades, redujo significativamente las cifras de pobreza; o también inclinarnos de nuevo a ese clamor por orden que gana terreno cuando la democracia se convierte en sinónimo de caos. La búsqueda de los elusivos consensos es el objetivo último y, en los últimos años, los actores políticos han fracasado miserablemente en la tarea.     

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