Francisco Sagasti es el flamante presidente de la República. Tiene el perfil académico que muchos reclamaban para asumir un cargo de esta investidura y sin antecedentes de corrupción. Lo que el país ahora necesita es volver a la estabilidad que genere las condiciones para garantizar un proceso electoral transparente.

Lo que ha pasado en el país ha cambiado la perspectiva de la población, el perfil del actual presidente puede convertirse en un modelo de autoridad. Con los avances tecnológicos que requieren perspectivas modernas, un letrado en sistemas de innovación, con maestría y PhD es el tipo de profesional que se requiere en el aparato estatal: un líder con nivel académico y reconocimiento profesional.

Los jóvenes, decisivos en la definición de esta crisis, están hartos de la clase política. No se sienten representados. El proceso electivo produce efectos elitistas. El problema de la representación no tiene su origen en el sistema electoral sino en el ejercicio de esa representación, caracterizada por ese distanciamiento aparentemente irreconciliable entre representantes y representados.

La “Generación del Bicentenario” nació sin los traumas de la nuestra. Sin terrorismo ni crisis económica. Y no nació con Merino sino mucho antes. Esta generación, a quienes muchos consideraban abstraídos de la realidad, están organizados en defensa de intereses colectivos que no buscan logros políticos partidarios sino transformaciones sociales. Y esto no ocurre solo en el Perú.

Recordemos lo que pasó en Chile, es un fenómeno global. Los ciudadanos no tienen confianza ni en sus parlamentarios, ni en sus gobiernos, ni en sus presidentes, ni, especialmente, en sus partidos políticos.

Hay un rechazo unánime hacia todos los partidos políticos, no son considerados legítimos ni viables. Los jóvenes piensan que la clase política se ha encerrado en sí misma, solo hablan entre ellos y no se preocupan de los intereses de los ciudadanos más que para vender una opción en un mercado electoral cada cinco años. Y la clase política no puede pensar que esto va a pasar, que es un mal sueño, que cierran los ojos y desaparece y ya está.

No va a pasar. No es la primera vez que los jóvenes salen a las calles y no será la última. Hay causas muy profundas que requieren toda la atención de los políticos actuales y de los que vengan. Lo que ha pasado en estos días marca un antes y un después. El Perú no volverá a ser el de antes, y es bueno que así sea.

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