A la fuerza, el Perú ha terminado con un sistema parlamentario de gobierno.

Y es a la fuerza porque, más allá de posiciones políticas, el país tiene una Constitución con un sistema presidencialista que cuenta con los debidos contrapesos de poderes.

En parte para legitimar a un gobierno autoritario, la Constitución fujimorista de 1993 introdujo elementos híbridos y cabos sueltos que han terminado por torpedear la institucionalidad.

A ello se suma la constante histórica peruana de la maldición para la gobernabilidad que significa que el Ejecutivo y el legislativo tengan distinto signo político.

En esta degradación que viene de atrás, pero se acentuó a partir de 2016, se configuró un íncubo del poder, un Frankenstein parlamentario que terminó por tomarse el Ejecutivo.

Los errores del ex presidente Martín Vizcarra están a la vista. Su más grande traspiés político fue no presentar una bancada para controlar el Congreso que lo acaba de vacar. Esa mezcla de populismo para mostrarse separado de la órbita parlamentaria, aparentemente desprendimiento y dificultad para negociar con otras tiendas políticas fue su Waterloo.

Las investigaciones en curso en su contra lo comprometen con presuntos y graves actos de corrupción. Pero su vacancia no tiene sustento constitucional, y ello quedará claro con el tiempo. En el Perú se saca a un presidente por causales muy establecidas, entre las cuales no está una investigación fiscal en curso. Las características de juicio político aludidas por los congresistas tampoco aplican. La figura está delimitada para otro proceso muy específico, estipulado en los artículos 99 y 100, que se refiere a delitos cometidos en el ejercicio del mandato.

Alberto Fujimori ya había renunciado antes de que lo vaquen. Pedro Pablo Kuczynski renunció antes de ser vacado. Este es el primer caso en sentido estricto desde Billinghurst.

Más allá del debate constitucional, y nada menos que en medio de una pandemia, el Congreso tomó un decisión miope a partir de otro error de lectura. La indignación expresada en las calles mientras Manuel Merino juramentaba como el nuevo presidente de la República adelanta el rechazo que enfrentará su gobierno interino.

Merino de Lama terminó su sencillo discurso dando vivas al Congreso. Más allá de leves movimientos de números en las encuestas, la desaprobación ciudadana -y particularmente de los jóvenes- ante el Congreso es innegable. Las razones son varias pero la paupérrima calidad del debate de la vacancia es un pertinente recordatorio. Con su decisión, el Parlamento corre el riesgo de reactivar la figura del “anti” que entró en pausa con debilitamiento del fujimorismo.

El Congreso simboliza el rechazo del electorado a la clase política. Y ahora es el Congreso el que concentra dos de los tres poderes del Estado. ¿Hay forma de que esto vaya a terminar bien?.

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Politólogo con maestrías en Periodismo y Estudios Latinoamericanos. Conductor y entrevistador en TV Peru. En 20 años pasó por casi todas las oficinas de Caretas. También ha hecho radio en RPP y 1160, y fue jefe de redacción del semanario colombiano Cromos.

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