La Comisión de Constitución del Congreso tiene pendiente de aprobación tres proyectos de ley cuya finalidad es eliminar el voto preferencial. Una de las razones de la debilidad institucional del Congreso es, qué duda cabe, el voto preferencial.

¿Y qué es el voto preferencial? A ver. En cada elección presidencial, se elige también congresistas. Cada partido presenta una lista de candidatos por departamento, y el número de representantes por departamento es previamente establecido por el Jurado Nacional de Elecciones.

Pero con el voto preferencial no se vota por el partido, sino por cada candidato de manera individual. El voto preferencial, entonces, altera el orden de cada lista. Así, un candidato que, por ejemplo, en la elección al Congreso por Lima compite con el número 36 pero su lista obtiene solamente ocho escaños puede, con un voto preferencial alto, quedar entre los elegidos de su partido.

El voto preferencial debe ser eliminado porque tiene una lógica perversa, pues si bien permite al elector escoger a su candidato, hace que estos últimos compitan con postulantes de su mismo partido, de modo que para ganar más votos que sus propios compañeros, cada candidato debe distinguirse, lo cual destruye la estructura partidaria interna, pues lejos de colaborar entre sí, cada quien pelea por su “pellejo”.

Y el problema no es solo la disputa fratricida entre miembros de un mismo partido, sino que tampoco importa que en las primarias se elija a quienes por su comprobada trayectoria política y su militancia constante, permanente y sacrificada dentro de la agrupación merecen representarlo, sino que ganarán su curul los que hayan invertido más en una campaña, tengan un clientelaje político en su localidad o sean “famosos”.

Si bien un congresista no está sujeto a mandato imperativo respecto de sus representados y de otras autoridades, no puede aceptarse sin reservas la proscripción del mandato imperativo respecto de los partidos políticos. Por esa razón se debe propender a listas cerradas y bloqueadas que facilite que entren al Congreso quienes forman parte del núcleo duro del partido, y cuya disciplina partidaria se trasladará a los grupos parlamentarios.

En consecuencia, el voto preferencial debilita la estructura interna de los partidos políticos, desanima a la militancia y, por ende, atenta contra la organización partidaria ya que el orden en que fueron elegidos los candidatos en las elecciones internas puede ser alterado por el elector. Ya existen sendos proyectos de ley presentados al Congreso, ahora le toca a éste poner las cosas en su lugar.

 

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