Pensé equivocadamente que era una nueva exposición. Pero al momento de salir de la galería miraflorina del ICPNA me dí cuenta de que la muestra que acababa de ver había quedado congelada tras pocos días de exposición en marzo. Las medidas de cuarentena cerraron el espacio, reabierto tras seis meses con todo como lo dejaron. Igual que pasa algunas veces con la habitación de un chico que se marcha de la casa de los papás.

Para ingresar a la retrospectiva de Aldo Chaparro es necesario registrarse en una fecha y horario por internet. Tras chequear el DNI, se cumplen los protocolos de temperatura e higiene. Solo en el gran espacio, reconocí las particulares sensaciones que me invaden al pararme frente a una obra que es nueva para mí. No soy ni remotamente un erudito pero probablemente, y sin restarle su capacidad crítica y cuestionadora, me aficioné a las galerías y exposiciones por ese lado puramente emocional, el placer calmado y la extraña disolución de la ansiedad que nos proporciona el mirar arte.

Además, los pequeños circuitos de museos y espacios artísticos le dieron sentido a la construcción de mi propia ciudad. El centro histórico no estaría completo sin pasar de Garcilaso de la Vega en Torre Tagle a ese pequeño joyero que es el Museo de Arte Italiano y de ahí saltar a las grandes propuestas del MALI, emplazadas en medio del Parque de la Exposición. Como si separase la belleza del caos. Igual con las rutas miraflorinas y barranquinas.

El mundo en pausa por el maldito virus, pensé cuando vi las fechas del afiche de la exposición de Chaparro, programada para marzo y abril.

Como también quedó interrumupido el goce de la música en vivo. La muerte esta semana por cáncer de Eddie Van Halen, el guitarrista pirotécnico que innovó completamente el rock de los 80, me lo volvió a recordar. Su eterna sonrisa rematada de ojos chinitos -herencia de su madre filipina- se fue tornando en un gesto chiflado de drogas y syrah barato tomado de la botella. Afortunadamente murió luego de varios años de sobriedad.

El 6 de marzo debimos estar en Santiago con un amigo de toda la vida para asistir al concierto de Sammy Hagar y Michael Anthony, ex integrantes de Van Halen. Íbamos a saldar una cuenta pendiente de la adolescencia, aunque fuera con los ecos de Eddie. La faena se completaba con otro concierto y paseos regados en viñedos, como para justificar el fin de semana vía low-cost. Todo resultó cancelado en secuencia dominó. Y si hubiéramos tomado el vuelo solo para pasear nos hubiéramos quedado varados en Chile.

Los que todavía tenemos la suerte de trabajar nos consolamos con libros y streaming. Seguro que al final de la semana de sesiones de zoom, publicaciones y visitas al estudio de la tele le podré dedicar un réquiem a Eddie. No será con amigos al lado ni con un escenario al frente. Con la pantalla convertida en nuestra ventana a todo. Y sonido 5.1. Tampoco habrá viñedos. Solo copas de syrah apenas más decente que el de Eddie.

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