Foto: Andina

Aunque poco mencionado, un indicativo del estado actual del periodismo está en las facultades universitarias de comunicación. El porcentaje de sus estudiantes que se decantan por la profesión es cada vez más minoritario en comparación a la publicidad, la rama audiovisual o la comunicación pública y corporativa.

Las razones se encuentran, en primer lugar, en el mercado. Los medios de comunicación son fuentes de empleo secas y, en el extraño caso de tener plazas disponibles, los salarios ofrecidos son muy bajos y tampoco conllevan una perspectiva interesante de carrera para los jóvenes que cifran sus esperanzas de progreso en contar con un título universitario.

La disrupción digital ha tenido el doble efecto de, supuestamente, democratizar la información por un lado; y privar al periodismo de sus fuentes tradicionales de ingresos por el otro.

La publicidad siempre financió a los medios radiales, televisivos y escritos. Había un muro imaginario entre lo editorial y lo comercial, aunque las muchas variedades de mermelada pudieran causar una cínica indigestión. Pero el hecho es que la torta publicitaria ha migrado de manera masiva y creciente a internet. Y la situación es singularmente crítica para el periodismo impreso, adicionalmente diezmado por la pandemia.

Resulta paradójico que las big tech amasen fortunas que se encuentran entre las más grandes de la historia a partir del mismo insumo que los viejos medios: la publicidad. La diferencia es que ahora estamos frente a un oligopolio donde, muy por sobre todo, Google y Facebook acaparan la publicidad en virtud a su posición dominante de mercado como los más grandes transmisores de información y noticias. El material que publican es el de los medios, pero le prohíben a estos que puedan vender publicidad.

Al mismo tiempo, esa presunta democratización de la información ha derivado en polarización, manipulación y un coro cacofónico de prédica entre los convertidos. Un caos que se explica en buena medida en el apetito por vender más millones de publicidad. Para mayor detalle echarle un vistazo al reciente documental de Netflix, El Dilema de las Redes Sociales.

En un escenario así, los influencers se venden como los nuevos periodistas pero son voceros encubiertos de intereses comerciales, el reportero profesional es un espécimen del siglo pasado y hasta los usuarios más astutos dedican mucho más tiempo a las guerras de trinos que a la comprensión de los fenómenos sociales que tienen frente a sus narices.

Es así que DePolitika hace una apuesta en esta nueva etapa. La de ofrecer buen periodismo, análisis plural con sentido común y entrevistas que le ayuden al ciudadano forjarse una opinión bien informada.

A partir de la próxima semana, los invitamos a darse un paseo diario libre de contaminación.

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