Foto: Gestión

Coincido con los analistas que señalan la elección de Luis Galarreta como una sorpresiva jugada de ajedrez de la lideresa de Fuerza Popular, pues su candidatura a la Presidencia de la Mesa Directiva del Congreso de la República en esta segunda legislatura descoloca amigos, enemigos y hasta aliados, tanto en el frente interno como en el frente externo de la mayoría parlamentaria.

En el ámbito interno el mensaje es muy claro. Fuerza Popular apuesta por consolidar su institucionalidad como partido con presencia en todo el territorio nacional, dejando de lado aquellas dependencias con el apellido Fujimori o con la vieja guardia que compartió acción política con su padre. Eso explicaría por qué la Presidencia y la vocería de la bancada recaen hoy en figuras que no tienen un origen fujimorista, e incluso fueron muy críticos con la experiencia de gobierno de los 90.

Si fuese cierto que existe un divisionismo al interior de Fuerza Popular o que el partido estaría partiéndose entre los liderazgos de ambos hermanos… ¿Por qué la votación de ayer por la propuesta de candidato a la Presidencia del Legislativo, presidencias de comisión y vocerías de bancada fueron unánimes, sin abstenciones ni votos en contra? Al parecer las líneas de acción propuestas por Kenji Fujimori no tendrían un verdadero respaldo en la organización partidaria, que finalmente es la que define el accionar político, y no el manejo mediático que puede fabricar ilusiones ópticas que no tendrían respaldo en la realidad.

En el ámbito externo el mensaje es contundente. Ante el reinado de la tecnocracia insensible al interior del gobierno, Fuerza Popular relanza la segunda etapa de su plan opositor, pero poniendo mayor énfasis en su modo “políticos de alto impacto”. El perfil de Galarreta, dada su experiencia parlamentaria y su formación política, sería el más cercano a esa visión y pensamiento político que viene construyendo la nueva versión del fujimorismo sin Fujimori llamada Fuerza Popular. No fue casual la mención de Keiko Fujimori de compartir el espacio de diálogo con el Presidente con un líder histórico de la social democracia peruana como es Luis Bedoya Reyes.

La elección de Galarreta es una explícita invitación al gobierno de lujo para comenzar a hacer política de verdad, esa que se hace en los barrios y en la calles, esa que se hace en las escuelas y en las universidades, esa que se da en el debate de ideas y en la lucha de ideologías, esa que se suda en el activismo social.

Su elección es una crítica directa a esa política aséptica, de laboratorio, de escritorio y de café que hoy promueven muchos representantes del gobierno… una política que no lo es en verdad. Lo suyo parece más una farsa ideológica que prefiere inundar los medios de comunicación con mensajes subliminales, antes que resolver problemas de fondo para la gente, antes que poner el foco en las necesidades ciudadanas. Tal vez ello explicaría mejor su incapacidad para solucionar los problemas que hoy vivimos en sectores tan sensibles como la salud y la educación, y que se manifiesta en la calle con la protesta justa de médicos y profesores, que a diario radicalizan sus medidas de fuerza frente a un gobierno que se mantiene congelado sin saber qué hacer.

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