En ocasiones, una carambola emplaza a un personaje improbable en la encrucijada de la historia.
Francisco Sagasti era ese personaje de valiosas características que, en circunstancias normales para el Perú, difícilmente hubiera accedido al papel que hoy le toca ejecutar.
Y esa puede ser una gran noticia.

Los paralelos con Valentín Paniagua saltan a la vista, más allá de que exactamente hace 20 años el acciopopulista también se convirtió en el gobernante de la transición. Pero mientras “Chaparrón” era el menudo cusqueño de impecable pero discreta trayectoria política, el académico e investigador Sagasti probó suerte en las lides electorales recién a principios de este año, con su ingreso al Congreso con el número 1 del Partido Morado, del cual es cofundador. El mes pasado cumplió 76 años, que no aparenta con su aire de dandi emigrado de Barrios Altos.

Los medios han hecho hincapié en su experiencia internacional y sus puestos en organismos como el Banco Mundial, además de su millaje académico y público en actividades relacionadas con la Ciencia y la Tecnología, un rubro criminalmente desatendido en el Perú.

Pero el país nunca estuvo lejos de su mira. En 2000, Agenda Perú, proyecto que capitaneó con el psicoanalista Max Hernández, editó su Agenda y Estrategia Para el Siglo XXI. Una detallada hoja de ruta a la que se le tendrá que dar una relectura en estos días. Ese mismo año, Sagasti -con Hernández y Cristóbal Aljovín- publicó con Caretas Los 50 Libros que Todo Peruano Culto Debe Leer, a los que se añadieron 10 volúmenes más una década después, en su tercera edición. Difícilmente tendrá un sitio en la biblioteca de la mayoría de congresistas.

En los últimos meses, Sagasti -un entrevistado generoso- transmitía cierta frustración con el papel que jugaba el Congreso al que pertenecía. A pesar de ello, no cejaba en el propósito de encontrar esa agenda elusiva para el país. Siempre subrayó los yerros del Congreso, básicamente en torno a la irresponsabilidad de su toma de decisiones en medio de la dramática coyuntura actual, pero también llamó la atención sobre la falta de voluntad de diálogo que transmitía persistentemente el gobierno de Martín Vizcarra.

La elección de Sagasti como presidente del Congreso -y por ende presidente interino de la República- deja sin piso la equivocada estrategia por la que optó Vizcarra al exigirle su reposición al TC y meterle carbón a la indignación de las calles. Si bien el propio Partido Morado propuso en medio del cubileteo que el Parlamento anule la vacancia, el momento ya es otro y el país merece darle vuelta a la página.

En agosto, a propósito de la negativa del voto de investidura al gabinete de Pedro Cateriano, Sagasti lamentó que “estamos en un momento crítico de nuestra historia, y nuestras acciones serán evaluadas por muchos años. Tenemos como congresistas una enorme responsabilidad de no interrumpir al Ejecutivo en la tarea de atender esos problemas urgentes que se derivan de la pandemia”. Cada día perdido, remarcó, era crítico para un sector público con las limitaciones del peruano.

Ese proceder calmo y coherente, incluso en las circunstancias enervantes de la política nacional, se pondrá especialmente a prueba en los próximos meses.

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Politólogo con maestrías en Periodismo y Estudios Latinoamericanos. Conductor y entrevistador en TV Peru. En 20 años pasó por casi todas las oficinas de Caretas. También ha hecho radio en RPP y 1160, y fue jefe de redacción del semanario colombiano Cromos.

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