Qué racional y civilizado aquél requerimiento a la protesta callejera de articular sus motivos, de enumerar su agenda.
El objetivo es muy difuso, reflexiona el ministro de Trabajo. Es una protesta sin propuesta, retruca agudo el penalista.
¿Por qué no le trasladamos las preguntas a la clase política? ¿Más concretamente a la que tiene bancadas en el Congreso?
Porque si escarbamos por motivos y agenda, es bien difícil entender la lógica de tumbarse a un segundo gobierno a cinco meses de las elecciones y en medio de una pandemia que, como lo indica su nombre, azota a todo el mundo. Y peor aún, más difícil entender que su gran esperanza de pasar piola era que Lapadula meta goles en Santiago.
El Sistema de Naciones Unidas ya advierte de los excesos represivos durante las manifestaciones, que en su mayoría evalúa como pacíficas. Una embajada importante
que es la del Reino Unido -esa que representa al gobierno del pelucón Boris Johnson, de tanto agrado entre los trumpistas cholos- se ha expresado en el mismo sentido.
El pretexto del pendejismo caviar queda corto. Igual que el de la izquierda. Y ni qué decir del de MOVADEF. Puede que esos tres actores, muy distintos entre sí, se encuentren en las marchas. Pero la manifestación de rechazo va mucho, mucho más allá.
¿No que los jóvenes no están interesados en la política? ¿Entonces así nomás se dejan llevar como borregos por la agenda de los anarquistas?
El reduccionismo ante una expresión como la presente será el suicidio político de muchos vivos que pensaron que la hicieron linda. En Chile reaccionaron con la misma arrogancia y terminaron en la Constituyente.
Los estallidos sociales que eclosionan como resultado de una degradación política semejante a la del Perú, con la metástasis de los últimos cuatro años, no tienen un manifiesto en Power Point. Son ollas de presión que revientan cuando ya no quedan más válvulas de escape. Por eso los manifestantes pifian a los políticos que se suben a la combi y llegan con su agenda propia. El tiempo dirá si se organiza en torno a propuestas.
El sentido común expresado en las encuestas era tan complejo como claro: que Vizcarra llegue hasta el final del mandato y de ahí se vaya en cana de ser preciso. No es por nada que las constituciones en todas las democracias protegen al primer mandatario mientras dura su gestión. Pero aquí no. Qué va a ser.
¿Que si la calle busca que retorne Vizcarra? Obvio que no. Ese sentido común descrito líneas más arriba se aplicaba antes de los hechos consumados. Pero quienes lo rompieron fueron los irresponsables congresistas, no la calle.
¿Y si la calle no se calla? Complicado. La sucesión constitucional se agotó y solo quedaría la designación de un nuevo presidente salido del parlamento, lo que resulta muy improbable. Hay quienes ya miran a los jefes de las Fuerzas Armadas que bien uniformados se tomaron una foto en el despacho del nuevo presidente. Peor.
Entonces, no les queda más que dejar que la protesta corra su curso. Y después limpien.

Fotografía: José Vidal Jordan

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Politólogo con maestrías en Periodismo y Estudios Latinoamericanos. Conductor y entrevistador en TV Peru. En 20 años pasó por casi todas las oficinas de Caretas. También ha hecho radio en RPP y 1160, y fue jefe de redacción del semanario colombiano Cromos.

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