Con la victoria a cuentagotas de Joe Biden en Estados Unidos hemos sido testigos de la expresión más gráfica de la democracia, tanto en su dimensión de espectáculo como la del sistema.

Lo de espectáculo no es necesariamente peyorativo. Para eso están las rabietas de Donald Trump, una gran ofensiva legal con el fin de sembrar dudas sobre el proceso y la degradación del discurso a niveles inimaginables en ese país hasta hace unos años. Trump es el síntoma de una cultura distorsionada en parte vía la idiotización de televisión reality y el “debate” en redes sociales.

Y es mucho más que eso. Así pierda y, como amenazan colaboradores de Biden, lo saquen a la fuerza de la Casa Blanca, el trumpismo se ha instalado como doctrina en el Partido Republicano. No fue “repudiado”, como lo anhelaban los millones que lo detestan. Otros millones lo adoran y su candidatura en cuatro años es más que una posibilidad.

Pero el espectáculo virtuoso en medio de una pandemia se ha propalado a través del enfrentamiento ideológico donde la parte mayoritaria del electorado ha reafirmado los valores que, temieron, podían terminar evaporados en una coreografía distópica con los pasitos de Trump en YMCA.

La democracia como sistema pudo verse en tiempo real, con medios como CNN y The New York Times mostrando el conteo de votos por cada Estado y, con un click, por cada condado en una gradación de rojos y azules según la contundencia del triunfo.

La sistematización de la democracia, y también inevitablemente su reducción, podía medirse en el azul de las costas, con excepciones como Florida, y los rojos mayoritarios de aquella “América” profunda y rural. Dentro de varios estados, los enclaves demócratas de las grandes ciudades se enfrentaban a los republicanos que dominan vastas extensiones de poca densidad. A veces esas ciudades bastaron para cantar victoria.

Para explicar el resultado no basta la dicotomía del blanco poco educado versus el progresismo de un crisol de comunidades e intereses. Pero resulta reconfortante resolver las diferencias en ese mapa. A pesar de la crisis y esa distorsión representada por Trump, los dos partidos son capaces de canalizar las diferencias dentro de la sociedad. Porque por Kanye West Kardashian no votó nadie.

Esa ciudadanía resumida en colores lleva a pensar en las elecciones peruanas del próximo abril. En lo que queremos y en lo que buscamos. En la inexistencia de partidos mediante los cuales pongamos sobre la mesa nuestras visiones de país. En la atrofia de no ver opciones relevantes en medio de un menú de 20 ítems. En que casi ninguno de esos candidatos hable de las relaciones entre las instituciones. De los consensos y los compromisos.

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Politólogo con maestrías en Periodismo y Estudios Latinoamericanos. Conductor y entrevistador en TV Peru. En 20 años pasó por casi todas las oficinas de Caretas. También ha hecho radio en RPP y 1160, y fue jefe de redacción del semanario colombiano Cromos.

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