Una viñeta que regresa de mi infancia es ver a mi mamá que me espera al otro lado de la pista en el cruce de República de Panamá con Benavides. A su lado, el quiosco de periódicos amarillo. Entre sus manos, un par de revistas ofrecidas como bienvenida al fin de semana.

Eran las épocas en que los niños de primaria podían volver solos del colegio a su casa cercana sin tener que temer por desgracias. También la de los teléfonos fijos y la pantalla limitada al televisor, aparatoso como un ataúd.

Las enciclopedias coleccionables por fascículos, los cómics de Condorito, Mafalda y Olafo. Kalimán y las contadas versiones traducidas de Marvel. Todo lo que a un chiquito lector le jalara el ojo.

Pero de aquello a las revistas había menos de un paso: el momento en el que la mirada diaria al quiosco comenzaba a desviarse hacia portadas que cambiaban los dibujos por las fotos.

Sin poder articularlo, ya entendía que las revistas encerraban un universo secreto y coherente, hilvanado por gráfica y textos, recuadros y subtítulos. El color de la impresión de calidad y la textura del papel, su olor.

No es casual que en la primera mitad del siglo pasado el formato alojara primero el tipo de periodismo anglosajón de más aliento, contaminado por literatura y por análisis. El fotoreportaje encontró su hogar natural. También la contraintuición y la incorrección política.

La caza de noticias era su coto, naturalmente. Pero su frecuencia y los recursos por definición más limitados que los de un diario también le obligaban a diferenciarse, buscarle ángulos nuevos a lo conocido y darles vuelta cuando cayeran en el lugar común y el abordaje de cajón. La idea del periodismo de revista era que, en ocasiones, fuera  impopular.

La revista de actualidad se dirigía a un público educado pero no debía ser especializada ni académica. No tomaba la verdad como un dogma sino como un ejercicio concéntrico de aproximación. Era un espacio vivo de debate que invitaba a los lectores a la conversación.

El papá de un amigo tenía una magnífica colección de Caretas apilada sobre el wáter. Las visitas durante la pubertad eran aprovechadas para un repaso interminable de las calatas de la penúltima página. Al lados los sombríos dibujos del Concurso Canalla y de ahí la curiosidad por la política peruana en la debacle del final de los 80.

Vivir mi carrera universitaria en Colombia me permitió acceder a librerías por entonces inimaginables en el Perú. Quedarse parado frente a la sección de revistas que iban hasta el techo con títulos importados era una magnífica forma de pasar el tiempo. Los grandes quioscos de otras ciudades, lejanos de esa cajita amarilla de madera en Benavides, siempre me resultaron un imán. He gastado demasiada plata comprando revistas en aeropuertos. De política, música, cine literatura, cocina, vinos, “masculinas” pero sin calatas. De chico me suscribí a una revista gringa de lucha libre. No me llegó ni una. En Lima me las arreglé para encontrar The New Yorker con un par de semanas de retraso. La vida podía ordenarse y clasificarse en torno a las revistas.

Quizá mi destino ineludible era trabajar en ellas. Consumir mi vida en madrugadas de edición para llegar a imprenta y luego, tras el colapso de todo, balbucear mi lengua muerta en otras formas de periodismo.

No es por romantizar un pasado que no existe ni sonar vintage. Hoy soy suscriptor digital de lo que más me gusta y, aunque no sea igual, las mejores trasladan a la tablet buena parte de su alquimia gráfica.

Pero los revisteros que así formaron parte de su ciudadanía no podrían ser ahora tuiteros babosos. Y sino se olvidaron.

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Politólogo con maestrías en Periodismo y Estudios Latinoamericanos. Conductor y entrevistador en TV Peru. En 20 años pasó por casi todas las oficinas de Caretas. También ha hecho radio en RPP y 1160, y fue jefe de redacción del semanario colombiano Cromos.

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