El baile de los que sobran

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Martín Vizcarra

Sinceramente, NO soy un experto en análisis de espectáculos circenses, que fue lo que escenificaron el día de ayer nuestras autoridades y representantes de los Poderes Ejecutivo y Legislativo en el Hemiciclo del Congreso. Lo poco que puedo decir como analista social y político es que ayer nuestra élite inició un nuevo intento por destruir lo poco de “democracia” que habíamos logrado construir los últimos 25 años.

Lo más triste es que su pugna por el poder está completamente divorciada del sentir popular. Uno que ni siquiera es capaz de tomar las calles para expresar su hastío por tanto bluf y palabras vacías de contenido. Sin duda es un problema de narrativas que no conectan con la población, que no encuentran correlato con la realidad, que terminan siendo incoherentes a mediano y largo plazo. Eso es lo que perciben los peruanos de a pie, cuando evalúan ambos bandos en pugna, siendo eso lo más vergonzoso.

En 1992, el Fujimorismo propuso una narrativa “exitosa” que le permitió cerrar el Congreso con clamor popular. El “héroe” Fujimori se enfrentó al enemigo número uno de la sociedad peruana: Sendero Luminoso, cuyo líder Abimael Guzmán fue sin duda el perfecto “antihéroe”. Pero en este juego de conceptos binarios propuesto, el “héroe” tuvo como contraparte una oposición con la cual competir por defender el sistema: la Partidocracia ineficiente, a la cual derrotó en las urnas luego del error constitucional que significó el autogolpe del 5 de abril, y por el cual aún cumple condena.

El 2018, el Vizcarrismo, expresión política orgánica del Regionalismo Descentralista, que por primera vez en nuestra historia toma el gobierno central, propone una nueva narrativa para cerrar el Congreso. El “héroe” Vizcarra se enfrenta al Fujimorismo renacido (que hoy es la nueva Partidocracia), pero olvida que ésta es parte del mismo sistema que le permitió nacer como alternativa política. El Vizcarrismo no tiene, por ello, una oposición que le permita luchar en pared contra un enemigo en común “antisistema”, porque al asesinar al Fujimorismo se suicida en simultáneo a sí mismo.

La narrativa Vizcarrista pudo haber definido como enemigo común al crimen organizado, al desempleo, a los grandes grupos de poder, o cualquier otro actor que le sirva de pretexto para no dañar el sistema que lo vio nacer. Pero Vizcarra prefirió convertirse en “héroe” y “antihéroe” a la vez, lo que termina dejándolo fuera de su propia narrativa, la cual siempre sueña con un final, feliz o trágico –poco importa– pero un final, al fin y al cabo. Ninguna narrativa se sostiene indefinidamente, porque termina agotando la paciencia de todos los espectadores.

Hasta aquí llegamos con el análisis político. El resto es comentario circense o mortuorio. Pero prefiero que de ello se ocupen los especialistas. Para nosotros lo de ayer fue, simplemente, un baile de los que sobran.

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