Imagen: Diario 16

Respecto a ambas concepciones de vida y sus formas de expresión, se puede encontrar abundante literatura. De modo que este artículo, más que detenerse en su caracterización, intentará enfocar la génesis de las implicaciones sociales de donde ambas categorías de comportamiento se desprenden.

El antropólogo y jurista suizo Johan Jacob Bachofen (1815 – 1887) sostiene que los valores morales, jurídicos y políticos habrían estado definidos en torno a la idea de mujer y, en especial, de la figura materna en épocas remotas de la historia de la humanidad, dando origen a lo que se podría denominar matriarcado. No obstante, la mujer habría perdido su poder de decisión cuando transfirió al hijo tal atribución. Esas sociedades primarias dejaron entonces de ser productivas y pacíficas para convertirse en guerreras y violentas, dando lugar así a la instauración del patriarcado. Esa especulación del autor antes citado puede ser una mitología, como lo es la mitología taoísta de la “diosa de la misericordia” que proveía un sentido de protección a sus fieles creyentes. Muy a pesar de ciertos escritores con desviaciones marcadamente masculinoides, el patriarcado no es en absoluto un mito, sino una realidad que prevalece hasta nuestros días con las dramáticas consecuencias de tal desequilibrio.

La civilización se construyó bajo la convicción del poder omnímodo de la figura masculina. Recuérdese que cuando se hacía referencia a “los hombres” se daba por sentado la inclusión de la mujer. Todo el aparato del Estado soberano, como construcción jurídica para resguardar la civilización, estuvo y sigue estando regido por la dominancia del “señor” o el “patriarca”, quien tiene total precedencia sobre la mujer. Como muchos autores han señalado, la mujer era solo un apéndice del hombre. En el código civil matrimonial (el mismo que fue, en mi caso, una desagradable sorpresa), el registrador civil leía en los siguientes términos con absoluta naturalidad: “La cónyuge debe obediencia y fidelidad al marido en la salud y en la enfermedad, y hasta que la muerte los separe […]”

Antes de su ingreso a la modernidad, en los países asiáticos como Japón; por ejemplo, no estaba permitido que la mujer caminara al lado del esposo, sino detrás de él cargando las maletas u otros enseres. Asimismo, las casas de “geishas” constituyen en Japón una antigua institución que persiste hasta nuestros días, pero no debe malentenderse: no son prostíbulos ni casas de citas. Son instituciones donde las geishas son mujeres cultivadas en todo tipo de arte, como cantar, recitar, bailar, masajear, etc. para que el hombre disfrute con los encantos y el servicio exquisito de estas mujeres que son preparadas para tal efecto desde temprana edad. En la China de los emperadores, el hombre (con capacidad económica, por cierto) tenía el “privilegio” de elegir el número de concubinas para su disfrute sexual, debiendo ser aceptado con beneplácito por la esposa, quien además debía cumplir con la exigencia de orientar a la(s) concubina(s) respecto a cómo complacer mejor al “señor” o “patrón de la casa”. No se admitían riñas, celos o comportamiento agresivo de ninguna de las mujeres del amo.

Pero la civilización no solo se armó bajo la preeminencia legalizada del hombre sobre la mujer (quien adquirió el derecho a votar mucho después que el varón) y que la construcción del Estado como órgano normativo de vigilancia, control, organización y gestión de la vida nacional debía hacer prevalecer sobre toda la sociedad; sino que también se ocupó de asegurar las normas morales de comportamiento por medio del dominio sobre la vida personal y espiritual de los ciudadanos, en estrecha alianza con las religiones. La influencia de la religión ha sido (y sigue siendo) absolutamente decisiva en moldear las mentes de los ciudadanos y pobladores en general por medio del adoctrinamiento y la domesticación. Como se sabe, ninguna mujer tiene un rol central en ninguna de las cinco grandes religiones del mundo y sus respectivos cultos o sectas. No obstante, paradójicamente, las mujeres son las más devotas a la religión que abracen (lo cual se podría entender como su recurso de refugio íntimo).

A la construcción del Estado y la influencia de la religión, tenemos que sumarle al exacerbado patriarcado reinante, el papel subsecuente de autores de enorme influencia en la gestación de una teoría explicativa del comportamiento humano, como Sigmund Freud. Toda la teoría psicoanalítica, entendida como una conceptualización coherente, racional y global de los géneros humanos, puede simultáneamente asumirse como una sobrevaloración del hombre o una subvaloración de la mujer. Basta tomar nota de las siguientes construcciones teóricas del psicoanálisis: la importancia de la etapa fálica en la teoría sexual, la envidia del pene por parte de la mujer, la condición de vulnerabilidad neurótica e histérica de la mujer, la incapacidad de la mujer para realizar procesos de sublimación debido a que estaría dominada por una libido lábil, entre otros aspectos. Sin embargo, una vez más, las más asiduas seguidoras de Freud fueron mujeres, mientras que las relaciones de este autor con varones terminaban en disputas o furtivas relaciones homosexuales.

A no dudarlo, el patriarcado se instituyó como una construcción social, política, cultural, e inclusive, económica en nuestra génesis civilizatoria. Negarlo sería una obcecación aberrante y una deformación mental. Hay que reconocer, sin embargo, que el patriarcado está tan imbricado en nuestra vida diaria que nos podría parecer un componente ineludible del desarrollo de la humanidad. Pero, es necesario reiterar, que se trata de una falsa y malintencionada percepción. El patriarcado es ciertamente responsable de la alienación de los géneros humanos en lugar de aproximarlos. Nótese lo dañino de su función en el siguiente resultado: el patriarcado es la causa directa del ejercicio del machismo, el feminicidio, la misoginia, las violaciones, etc. Bajo dicho machismo patriarcal, las mujeres fueron cosificadas durante mucho tiempo afectando su dignidad humana, su imagen sigue siendo en muchas sociedades supuestamente avanzadas utilizada como objeto para el comercio sexual, la discriminación salarial sigue siendo vigente en todas partes, han sido objeto de burla y desprecio por conducir un vehículo o pilotar un avión, se ignoran o pasan por alto sus logros deportivos en los partidos de voleibol (incluyendo el reciente partido de futbol de equipos de mujeres por la copa mundial). Es decir, la invisibilidad de las labores de la ama de casa se traslada a otras esferas de la actividad social, deportiva, política, económica o cultural. Frente a tanta inequidad en el trato de género, surgió el feminismo. De modo que este movimiento social es una respuesta al machismo y al patriarcado. ¿Acaso el supuesto matriarcado generó el feminismo? Desde luego que no. El feminismo es, a su vez, consecuencia reactiva del nefasto machismo, y su propósito no es otro que la reivindicación de los derechos postergados de las mujeres..

Bajo el contexto de la era victoriana, Freud sostuvo asimismo que los mecanismos de represión de la libido del “hombre” inhibían o bloqueaban su acceso a la felicidad; mecanismos de los que eran responsables la civilización y la cultura que imponían demasiadas barreras de control sobre el hombre. En tal sentido, Freud cuestionó que la civilización haya sustituido la felicidad por seguridad, incluyendo el orden y la ética. Obviamente, de un sistema patriarcal y machista jamás puede lograrse la seguridad. Está demostrado, por cierto que es la mujer la única capaz de garantizar la seguridad, mientras que el hombre seguirá persiguiendo su felicidad y disfrute personal. Tenemos suficientes evidencias que, particularmente en nuestro medio latino, es la mujer quien carga con la responsabilidad de asegurar el sostenimiento y desarrollo de sus hijos cuando su pareja masculina se desentiende de ellos (incluso, a pesar que ella podría haber iniciado la relación de pareja adhiriéndose al machismo; vale decir, no sólo el hombre es machista, también muchas mujeres aún lo son)..

No obstante, como la acción de un bumerang, el patriarcado se ha vuelto en este milenio contra el mismo hombre que lo instauró. Le ha llegado su fecha de caducidad en las estructuras sociales, los aparatos del Estado, el sistema judicial y educativo, etc. El modelo de familia a instancias de la sociedad industrial donde el hombre era el proveedor económico y, la mujer desempeñaba exclusivamente el rol de ama de casa se agotó. Hoy, la lucha por la competitividad, el avance tecnológico y el desarrollo de la sociedad civil desplaza a los varones de sus estables puestos de trabajo. Sus ingresos no bastan y la mujer debe salir a “apoyar económicamente el hogar” (¿y por qué el hombre no apoyaba a la mujer en las labores domésticas cuando debía hacerlo compartiendo responsabilidad?).

No es aquí materia a tratar, pero ya podemos aseverar sin temor a equivocarnos, que la “sociedad del trabajo” está próxima a su extinción. En consecuencia, ambos géneros en una relación dialéctica, deberíamos unir fuerzas e inspiración para crear una ecuación de equilibrio bajo el contexto de una nueva organización de la vida que empiece por desterrar las lacras que la historia nos dejó y alcanzar así una renovación de nuestro esquema de vida y sociedad.

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