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Nadie desconoce la crisis global por la que atraviesa la democracia en todos los países donde se practica este sistema político. De 194 países que conforman nuestro mundo y cuya soberanía es reconocida por las Naciones Unidas, solo 40 países practican la democracia representativa; es decir, apenas el 20% de total de naciones. Ahora bien, sabemos también que la democracia como conceptualización política se adhiere al derecho del pueblo a elegir libremente a sus representantes, pero este sistema nunca ha estado exento de ciertas falacias en su ejercicio. Desde su gestación en la antigua Grecia, se practicaba la democracia de los ciudadanos conjuntamente inclusive con la aborrecible esclavitud y la privación de las mujeres a ejercer su ciudadanía y, por ende, el derecho al voto. Estas deformaciones se han ido gradualmente superando conforme se ha avanzado en mayores niveles de educación. Sin embargo, este elemental derecho de desarrollo no es aún accesible a todas las poblaciones de países que se precian de practicar la democracia.

La democracia no es concebible ni practicable sin los otros valores o principios indesligables y sobre los cuales se sustenta. Estos son la libertad y la justicia. Paradójicamente, la democracia se ejerce en todas partes conjuntamente con el sistema económico capitalista. Mientras, en teoría, la democracia procura los derechos civiles y políticos e igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos como aspiración común, el capitalismo no tiene otro propósito que la obtención de ganancia, exclusivamente para quien posee el capital y los medios de producción, de modo que necesariamente tiene que generar desigualdad. Esta es la contradicción que subsiste hasta nuestros días: la persistencia de unas relaciones sociales deformadas, donde la condición de sujeto pensante y crítico ha sido enteramente sustituida por la de objeto–mercancía.

Fue Karl Marx quien introdujo el concepto de capitalismo y su explicación como teoría económica cuando ni siquiera los mismos capitalistas tenían conciencia de estar generando una actividad económica que se iba a prolongar indefinidamente por medio de la apropiación del remanente obtenido deliberadamente en el proceso de producción. Como se sabe, bajo el esquema del capitalismo, el mundo se ha convertido en un gran mercado y todos participamos de estas relaciones mercantiles en calidad de “objetos”, incluyendo nuestra propia actividad laboral. Probablemente la globalización económica intensificó los esquemas de funcionamiento capitalista. Hoy, unos países siguen explotando a otros, tal como ocurría en la Era del colonialismo. ¿Cuál ha sido entonces nuestro avance como humanidad?

No importa en qué país se encuentre uno. En todos ellos existe una vorágine de compra y venta que induce a la ilusión de una actividad económica dinámica. Pero el comercio de mercancías no significa desarrollo económico; mucho menos, desarrollo humano. Sin embargo, todos los países están empeñados en atraer la inversión de capitales para asegurar el crecimiento económico y así la subsistencia. Y, ¿qué hay de la democracia?

Martha C. Nussbaum([1]) se empeña en lanzar la voz de alerta respecto al riesgo que significa una educación que excluye las humanidades y las artes, la misma que se está aplicando en casi todos los países del mundo, pues dichas materias son consideradas “de relleno”, mientras que el énfasis está puesto en los cursos de ciencias, ingeniería, computación, tecnología y marketing, así como el aprendizaje de al menos cuatro idiomas y sus respectivas culturas. La tendencia actual es ciertamente desechar los aspectos emocionales e imaginativos en la educación para alcanzar altos niveles competitivos en el mercado([2]). Hasta donde alcanza nuestro conocimiento, en ninguna escuela del mundo existe la asignatura que ponga en el centro a la “democracia” y, en el marco de las leyes del mercado, las familias tampoco practican hábitos o estilos de vida democráticos, tanto como no ocurre en las instituciones de la sociedad. Bajo la premisa que las especialidades de arte y humanidades sobran en un entorno donde lo prioritario es “hacer negocios”, se podría decir entonces que la literatura, el arte, la filosofía o la música, no venden; vale decir, no son rentables. De allí que en todas las universidades del mundo se registre un marcado descenso en el porcentaje de alumnos que deseen especializarse en disciplinas humanísticas.

El modelo de mercado procura fines netamente materiales y, en consecuencia, su propósito es anular el pensamiento crítico y la perspectiva de construcción de una sociedad humana, creativa y solidaria. Con la tecnologización de la vida no sólo se frena la creatividad y espontaneidad, sino que se induce al reduccionismo a través de parámetros previamente establecidos. Decía Albert Einstein: “el día en que la tecnología reemplace las interacciones humanas, tendremos una generación de idiotas”. Al parecer, o ya llegó ese día, o no estamos lejos de ese momento.

La distorsión de la democracia es correlativa con la distorsión de la libertad y la justicia. Si estos valores son convertidos en mercancías comercializables, no son extraños la compra–venta de votos, la compra–venta de favores (corrupción, nepotismo, tráfico de influencias, etc.), la compra–venta de órganos y el tráfico humano, la compra–venta de sentencias judiciales, etc., etc. Nuestro entender, sin embargo, se reafirma en que la democracia no es comercializable, no es negociable o no se vende, precisamente porque la libertad es inalienable a la naturaleza humana.

La invasión de la tecnologización en nuestra vida diaria nos provee de comodidad, qué duda cabe, pero el costo que en perspectiva tendremos que pagar por ese “beneficio” es la incapacidad para vivir en libertad y democracia bajo un legítimo esquema de justicia. El peligro que subyace a esta vorágine tecnológica para satisfacer la dinámica del mercado es la pérdida del más importante valor de la condición humana, cual es, la LIBERTAD.

Ya hay sociedades como China, Japón, India, EEUU, Singapur, Suiza, solo por mencionar algunas, que a costa de mantener altos estándares de educación, orden, calidad, seguridad y desarrollo tecnológico, sacrifican su libertad y la de sus ciudadanos en favor de estrictos controles y medidas altamente coercitivas que todos aceptan como única alternativa en un mundo competitivo e incierto. No es fácil, por cierto, vivir en democracia; es aparentemente más manejable un esquema autoritario–dictatorial (Trump lo acaba de demostrar reuniéndose sólo con países absolutistas en el reciente evento G20). En esas sociedades verticales, patriarcales o estrictamente disciplinadas con medidas extremas, la libertad no está en manos de los propios ciudadanos, sino de los aparatos de control. En China, por ejemplo, se han sofisticado a tal grado los sistemas de control que los ciudadanos carecen inclusive de libertad para disponer libremente de sus ingresos o ahorros (el Banco Central de China registra todos los ingresos y egresos de cada persona; éstas están controladas a través de los aparatos celulares, con los cuales cada persona realiza sus operaciones sin necesidad de emplear dinero en efectivo. Algo similar ocurre en la India). Sin embargo, no es la primera vez que los propios ciudadanos están dispuestos a renunciar a su libertad (en este caso, a favor de una supuesta garantía de sobrevivencia que les asegura el Estado chino). En la época del Nazismo, el pueblo alemán también “entregó su libertad” al dictador Adolf Hitler bajo la expectativa de lograr una Alemania poderosa, la cual había quedado encajonada en medio del continente europeo, mientras que otros países alrededor se hacían con colonias para su enriquecimiento. Aquí, la pregunta que cabe es: ¿Estaría dispuesto el pueblo norteamericano a entregar su libertad a Donald Trump en caso que fuese re-elegido, o se levantaría por su libertad con las armas que posee según la segunda enmienda de su constitución política?

Erich Fromm en “El miedo a la libertad” se preguntaba cómo una nación de gente brillante y laboriosa había sido capaz de renunciar a su libertad y concedérsela a un dictador con marcadas deformaciones de personalidad. Pues la respuesta es directa: El ejercicio de la libertad implica de manera intrínseca el ejercicio de la responsabilidad. Es más fácil o cómodo ceder la responsabilidad a quien está dispuesto(a) a asumirla, tal como ocurre con los hijos que se niegan a crecer o madurar porque saben que así tienen que ser responsables de sí mismos. Mantenerse en la “zona de confort” (o status quo) es quizás una de las evasivas más significativas, pero cuestionables, para el impulso hacia el cambio del estado actual de cosas.

En definitiva, cada sociedad labra o destruye su futuro conforme las tendencias dominantes a las que, o se someten a ellas, o se superan de manera decisiva para recuperar así la conciencia de humanidad.

[1] Nussbaum, Martha C. (2010), “Sin fines de lucro”, Katz Editores, Madrid.

[2] Es sorprendente que la entidad responsable de la educación superior en Gran Bretaña se encuentre bajo las atribuciones de la Secretaría o Ministerio de Comercio.

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