Imagen: CNN

Hace casi tres años atrás, las relaciones bilaterales entre China y EE.UU. no cesan de experimentar ciclos de distinto grado de intensidad conflictiva. Política y diplomáticamente ambos países se han brindado las cortesías protocolares que significan las visitas de Estado. Sin embargo, ambos países son también conscientes del clima de tensión que rodean sus inevitables relaciones.

Desde inicios de la década de los 90’, China ha inundado el mercado interno de EE.UU., tanto como lo ha hecho con otros países alrededor del Globo, pero probablemente EE.UU. es el país donde más volumen de mercancías chinas son comercializadas anualmente, no sólo porque proceden de capitales y marcas norteamericanas asentadas en China debido a sus aún bajos costos de producción, sino porque la población de dicho país ha sido catalogada como el mayor consumidor del mundo. Al comienzo los productos chinos empezaron a distribuirse sin los estándares de calidad exigidos por las calificadoras internacionales de responsabilidad social y, además, sin contar con los registros de patentes mundiales. Pero China ha aprendido a mejorar la calidad de su producción y a cumplir con los parámetros que exige el registro mundial de patentes (hoy, inclusive, China ha superado a todos los países en cuanto a número de patentes registrados).

Desde el ingreso de Donald Trump a la administración de Washington, la guerra comercial se ha agudizado, particularmente en lo que se refiere a la imposición de aranceles. Trump, honrando su promesa de campaña electoral destinada a poner a “America, first” o “Make America great again”, le ha dado la espalda a todos los tratados y compromisos de comercio multilateral suscritos previamente por EE.UU. En consecuencia, son varios cientos de productos chinos que sólo pueden ingresar al mercado estadounidense pagando altos aranceles, lo que desde luego le resta competitividad para la venta (China, por su parte, ha hecho otro tanto en represalia). Pero no sólo China se ha visto afectada por las altas tasas arancelarias de EE.UU., Trump también ha extendido las limitaciones comerciales a la producción de los países europeos, Canadá y México (ignorando que estos dos últimos formaban parte, con EE.UU, de la alianza comercial del NAFTA). El propósito de Trump es ciertamente proteger la industria y tecnología norteamericana y, así, asegurar los puestos de trabajo que ofreció en su campaña.

El proteccionismo y el rechazo a la globalización económica es, por ende, uno de los objetivos prioritarios de la gestión de Trump. EE.UU. exige a China equilibrar la balanza comercial que año tras año sigue notoriamente a favor de China. En principio, por cierto, la política mundialmente aceptada acerca de introducir y abogar por la globalización ―sólo de capitales y mercancías, mas no de ciudadanos― estaba diseñada para beneficiar la libre comercialización de la producción industrial y tecnológica de los países desarrollados hacia los países no industrializados principalmente. Pero en el camino se tropezaron con un competidor que a la sazón se encontraba bajo el tremendo influjo de la maquinaria industrial y a toda marcha: China, la misma que después del alzamiento de estudiantes y trabajadores en la Plaza Tiananmen en 1989, se vio obligada a optar por conceder libertad económica a su población, mas no libertad política, vale decir, derechos civiles y políticos, a fin de recuperar la estabilidad de la nación, así como renovar la legitimidad del partido comunista chino. De este modo, con la reforma económica se levantó la prohibición de la producción y comercialización, en manos privadas, de toda clase de productos. Su voluminosa cantidad, diversidad y precios que caracterizan la producción y comercio chinos desplaza inclusive a los productos agropecuarios y agroindustriales subvencionados por Washington. En estas circunstancias, Trump se ve entonces ante la alternancia de dos frentes de lucha: (a) el tema de la inmigración ilegal y su empeño en la construcción del muro fronterizo con México, y (b) el problema de frenar o restringir los artículos chinos, algunos de cuyos componentes, por cierto, la tecnología de EE.UU. depende a su vez para su producción tecnológica. Aun así obligó al gigante Google a cancelar su red de acceso para los aparatos chinos de marca Huawei. No obstante, esta pugna en materia de tecnología de dispositivos puede no prolongarse por mucho tiempo, debido a la interdependencia que se ha generado mutuamente.

No se esperaba un crecimiento y desarrollo tan espectacular de China. Deng Xiaoping, el líder de la reforma económica china, estimaba 500 años para que China esté al nivel de un país medianamente desarrollado. Pero la percepción de tiempos en China no es la misma que opera en Occidente y, bajo la coyuntura socioeconómica que se vivía en ese continente, el gigante asiático ha explosionado en todos los terrenos de la actividad humana. Cifras tan sorprendentes como las encontradas por un equipo Think-Tank norteamericano, indican que China ha gastado en tres años la misma cantidad de cemento que EE.UU. lo hizo en cien años, con lo que se corrobora esta explosión de tenaz y feroz activismo.

Tal como lo hiciera EE.UU. después de la gran depresión de los años 30 del siglo pasado, China también ha emprendido el camino de la construcción de su país uniendo su territorio por medio de modernas vías de comunicación y trenes de alta velocidad. Al igual que EE.UU. también ha dejado tras sí un rastro de miseria y pobreza al lado de las monumentales construcciones y deslumbrantes edificaciones arquitectónicas. Sin embargo, a diferencia de EE.UU. que “necesitó” una guerra (2da. GM) para ganar mercados y colocar su gran producción conseguida bajo un enorme endeudamiento bancario en el marco del New Deal de Roosevelt, China (como país enclaustrado en su miseria durante los 40 años del período de Mao Zedong) “necesitó” de la inversión exterior para alcanzar sus objetivos de desarrollo, adoptando las políticas capitalistas para generar rentabilidad (o plusvalía).

Mientras ambos países continúan debatiéndose en disputas ―algunas veces, soterradamente, y otras, abiertamente―, por ahora, esas relaciones de “tira y afloja” son de carácter comercial (pero en el escenario de las probabilidades podrían llegar a ser bélicas si tomamos en cuenta los antecedentes históricos de casos similares). Mientras tanto, el resto de regiones ya experimenta los indicadores que marcan un claro estancamiento económico y el preludio de una grave crisis recesiva mundial. No hay movimiento de capitales en una atmósfera de alta incertidumbre, debilidad económica y desconcierto por un futuro impredecible, donde los principales actores políticos y económicos intentan actuar sobre una arena movediza, con mayor razón aun cuando se hace evidente que, por un lado, el capitalismo no puede renovarse eternamente y, por otro lado, la izquierda no encuentra el camino para sustentar una alternativa ideológica, política y económica viable y capaz de superar y remover las estructuras fundacionales del capitalismo en su versión neoliberal siguiendo la teoría económica original de Adam Smith.

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