Foto: RPP.

Las sociedades modernas requieren élites gubernamentales, políticas y empresariales que tracen el rumbo a seguir por sus ciudadanos. Soy un convencido, por ello, que estas deben recibir una formación distinta, con el objetivo de cumplir el rol específico que su servicio demanda. Pero esto NO significa que la condición de élite sea hereditaria por consanguinidad o por clase. Eso es tan absurdo como negar la evolución de las especies.

La formación de élites debe ser un proceso planificado que no podemos dejar al azar. Mucho menos en manos de la clase política y empresarial que hoy nos gobierna y ostenta el poder, porque a lo largo de casi 200 años de herencia colonial solo nos dejan como legado un perfecto desastre.

Las declaraciones de Jorge Barata esta semana, en Curitiba, terminaron por fulminar ese ego alicaído de la élite actual. En sus manos, el desastre republicano se convierte en tragedia nacional. Estamos en manos de una élite plagada de ignorantes, prepotentes, pendejos y bribones… Eso que Juan Carlos Tafur llamó Derecha Bruta y Achorada (DBA).

Las fulminantes declaraciones del ex hombre fuerte de Odebrecht confirmaron que los “carteristas” se consolidaron como mafia organizada, una que no distingue entre izquierda o derecha, una que se levantó en peso el Estado peruano, cual botín de guerra, sin el menor desparpajo ni vergüenza.

¿Qué hacer para cambiarlo? Muchos dicen: “No hay remedio”. Que no cambiará nada. Que el Perú se jodió y punto. Que mejor sería pensar un futuro lejos de casa. Que tendríamos que sacrificar por lo menos dos generaciones para pensar en la posibilidad de construir un país distinto. ¿Pero a quién encargamos esta tarea de formar a los nuevos peruanos? A esta élite NO.

Estas son preguntas que no resolverá la élite actual. Que solo podrá responder una nueva generación de peruanos, una que decida reorganizarlo todo, declarando en emergencia el Estado-Nación, arrancando de raíz esa mala entraña que contamina el pensamiento político, gubernamental y empresarial del país. Una generación que mire atrás solo para ver el polvo de lo que el fuego de una revolución democrática dejó tras sus pasos.

Hablamos de propuestas firmes y radicales. No autoritarias. La violencia solo consume lo poco que tenemos de civilizados. Una democracia radical debe promover la mayor participación ciudadana y de las organizaciones de base, así como comprometer su permanente vigilancia sobre nuestra débil institucionalidad. ¿Será posible reconstruir el corazón partido de las futuras élites?

Publicado originalmente en Diario Expreso el 30 de abril del 2019.

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