Foto: Perú21.

Más allá de explicarnos la psicopatología que esconde el suicidio del dos veces presidente García, o la disputa por circunscribir su muerte entre el “honor” y la “vergüenza”, lo cierto es que la fatídica decisión de quitarse la vida, en el preciso instante en que iba a ser detenido por supuestos actos de corrupción, sirve para dar por concluido un ciclo político en el país.

Un ciclo político donde su máximo exponente dejó de existir, y con ello su estilo egocéntrico y avasallador. Un estilo que tuvo capacidad para una acción transformadora, pero se convirtió en una que dañó a toda una generación. Al final, ya fuera de control, su capacidad de autodestrucción lo llevó a terminar su vida con sus propias manos.

La muerte de García representa el final de un ciclo que se inició con el retorno a la democracia, luego de la fallida experiencia militar de Velasco Alvarado y Morales Bermúdez. Un ciclo donde la partidocracia tenía aún capacidad para seducir masas en las calles. Pero su ineficacia en la gestión terminó por casi sepultarla, permitiéndonos una nueva aventura totalitaria cívico militar con Fujimori y Montesinos (que también terminó siendo absorbida por la corrupción imperante). Diez años después, esa misma partidocracia volvería al poder, pero cediendo su rol transformador a una tecnocracia que tomó por asalto el Estado, convirtiendo a los políticos en cómplices de sus delitos, o en simples difusores de sus planes de gestión.

Finaliza un ciclo donde el común denominador fue la megacorrupción en el poder. Ese será, sin duda, su mayor legado. Que no se limita, por cierto, a los dos períodos de García. No es casual que nuestros últimos cinco presidentes estén involucrados en investigaciones por corrupción. No es casual que esa partidocracia (a la que García llevó a su máxima expresión) y la tecnocracia que incubó en su seno (que la reemplazó en la conducción del poder) compartan hoy roles protagónicos en la escena policial y judicial del país.

La pregunta de fondo no es si la Fiscalía debe moderar o no su persecución a los corruptos. La pregunta de fondo es: ¿qué nueva generación tomará la posta, tras la debacle que sufre hoy nuestra élite política, gubernamental y empresarial? Los nuevos políticos deberán rescatar esa acción transformadora que, habiéndola tenido en sus manos, García desperdició sin convertirnos en ese país diferente que tantas veces prometió en sus discursos.

Publicado originalmente en Diario Expreso el 23 de abril del 2019.

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