La nueva gestión del Ministerio de Salud ha debutado con un eslogan que ha merecido diversos comentarios en los medios de comunicación. La frase es: ¡Humanizando la atención en salud! La elección no es pertinente porque le resta importancia al eslogan del propio presidente Vizcarra, ideado para todo el aparato estatal: ¡El Perú primero!

En segundo lugar, recuerda al Partido Humanista cuyo, líder Yehudi Simon, fue premier en la parte final del Gobierno del Apra (2006-2011); y su secretario general, Oscar Ugarte, ministro de Salud. Cabe mencionar, que durante el gobierno humalista (2011-2016), el ya exministro Ugarte se mantuvo en el núcleo ejecutor de la cuestionada “reforma de salud”, e incluso implementó y jefaturó el cuestionado y hoy desactivado aparato burocrático que funcionó como un ministerio de salud paralelo, llamado Instituto de Gestión de Servicios de Salud (IGSS).

En tercer lugar, el eslogan es ofensivo para la mayoría de los servidores del sector salud que, a pesar de las dificultades, incluso a costa de sus vidas, se dedican al servicio del prójimo. Una cosa es humanizar la salud —es decir, involucrar no solo a los médicos y servidores de salud, sino también al diseño organizacional, a la estructura política, económica y cultural que subyace en el sector salud— y otra es referirse solo a la humanización de la atención de salud. Se reduce, en exclusividad, a la valoración peyorativa del desempeño de los recursos humanos, como si la estructura organizacional fuera una maravilla. En eso consiste el agravio.

Es increíble que se retome un eslogan ligado a la reforma humalista, que se expresó en conflictos laborales, huelgas y leyes impuestas sin consenso. Además, se crearon formas de atención de salud ajustadas a 15 minutos por paciente, y se abandonó la atención integral del ser humano para reducirse al tratamiento solo del daño asegurable; es decir, de la enfermedad o incluso de una parte de ella, que estuviera en modo previo, incluida en el listado de daños del sistema de aseguramiento. Se normaron los conceptos, violatorios de los derechos humanos, de “incluidos” y “excluidos” de la atención sanitaria. Se soslayó el primer nivel de atención de salud, las estrategias sanitarias, las intervenciones sanitarias, la Atención Primaria de Salud y la incidencia en los determinantes sociales, económicos y culturales.

Es decir, se abandonó al ser humano y se le convirtió en objeto, en cosa. Además, la organización hospitalaria profundizó la gestión impersonal, a semejanza de la organización y estructura de fábrica. Los pacientes eran tratados como máquinas, en una banda industrial, y los servidores convertidos en autómatas, guiados por protocolos y estándares de atención únicos, y frondosas auditorias médicas punitivas. Eran procesos intensos para abandonar la ética médica, y reemplazarla, a través de “capacitaciones en bioética”, para que los médicos y servidores acepten como buena y moral la exclusión y la inequidad en función del financiamiento del modelo. Para más detalles, se excluyó del listado de daños asegurables a la salud mental. Esta última exclusión era por demás obvia para el modelo de aseguramiento; porque las máquinas, como todos sabemos, no gozan de salud mental.

Se normalizaron las largas actividades laborales de 12 o 14 horas, en dos o más empleos, la reducción de la presencia del servidor de salud en su familia, hijos tardíos, deterioro y destrucción del tejido familiar, “síndrome de bornout”, entre otros. Es decir, la organización sanitaria impulsada por la mal llamada reforma de salud humalista ha corroído todo aquello que identifica al propio ser humano.

En esta circunstancia, es absurdo buscar en los médicos y servidores de salud la realidad sanitaria antihumanista; al contrario, la estructura organizacional sanitaria de la reforma humalista es antihumana y el servidor de salud es solo una pieza de ese engranaje, convertido en un paria, en una nada social y cultural. Además, esa reforma ha creado a los “analfabetos emocionales”; es decir, aquellos que no perciben el maltrato y ni la exclusión y que se refugian en el daño y la rutina sin ningún remordimiento.

Los médicos y los demás servidores de la salud, los gremios y la sociedad civil comprendieron en su momento la responsabilidad moral, frente al usuario y el prójimo, de una organización sanitaria que anula su esencia humana. Y se han dado cuenta de que no hay soluciones morales posibles para una realidad tan inmoral, y que se ha vuelto imprescindible la erradicación de ese modelo creado por la “reforma humalista”.

Ese fue el reto y lo que empezó a hacer el nuevo Gobierno desde el 2016 hasta la fecha. Sin embargo, la nueva gestión ministerial ha retomado el fracasado Plan de Salud y el humalismo ha impreso su huella política con el desafiante slogan: “Humanizando la atención de salud”. ¡Atentos con el retroceso!

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