Foto: Andina

Cometen un error quienes atribuyen el triunfo de Jorge Muñoz en Lima Metropolitana solo a sus argumentos de campaña, o solo a un antivoto contra Urresti –esto último por haberse convertido en el mal mayor.

Ni uno ni otro habrían sido la causa principal. Permítanme esbozar otra hipótesis para explicar este holgado y vertiginoso triunfo (que se concretó en las últimas dos semanas) sobre sus rivales: el efecto Vizcarra. Un efecto que viene como tendencia los últimos meses, y que tras su ejemplar triunfo político sobre la oposición fujimorista, viene convirtiéndose en un modelo político a seguir por una ciudadanía sedienta de aires nuevos en el contaminado mundo de las partidocracias vinculadas a la “corrupción”.

Visto así, quien habría ganado en realidad las elecciones este domingo es el Presidente Vizcarra. Él y ese nuevo estilo político de “golpear sin matar” que hoy gusta a las mayorías. Un estilo que responde a un juego de marketing político (al parecer sin mucho sustento de gestión real), pero que le permite domesticar al fujimorismo legislativo (a punta de encuestas y popularidad) y reducirlo a su mínima expresión electoral. No es casual que la “K” se haya convertido en el gran perdedor de la contienda municipal y regional. No ganó distrito en Lima, gobierno regional, ni municipio provincial capital de departamento.

El Presidente Vizcarra ha tenido un triunfo político reciente con la aprobación de las cuatro preguntas del referéndum, retratada con astucia en una entrevista en el canal de televisión oficial la misma semana de la elección (algo que pasó desapercibido por la mayoría de opinólogos), expresa un llamado a la calma, sentimiento que coincide y conecta misteriosamente con el discurso político de Muñoz la última semana.

No queremos decir con ello que hubo coordinación. Lo que hubo fue una lectura adecuada de la expectativa ciudadana. Algo que contrastó radicalmente con el discurso del oficialismo partidario “PPK” y del fujimorismo “K”, que se han distanciado del sentimiento popular y que han subestimado a un electorado limeño que ha demostrado que sabe votar y definir claramente lo que quiere.

El efecto Vizcarra está logrando descifrar un código que para los demás resulta complejo y distante. No es eterno, por cierto, pero le permite comprender a las mayorías. Los demás no descifran hacia dónde va la gente. Eso explica que, salvo en cinco o seis regiones, donde ganaron partidos nacionales, el resto consolida movimientos locales, con o sin vientre de alquiler (poco importa, ¿no?). Y ese es otro punto de triunfo para la dupla Vizcarra-Villanueva, ambos empujando una descentralización económica y política que no mire hacia atrás.

Lo cierto es que Muñoz tiene una gran tarea por delante. Si bien logró aglutinar el voto en Lima gracias a los distritos mesocráticos y más consolidados como expresión de orden urbano, aún resulta ausente en la Lima periférica, donde triunfaron expresiones locales, siguiendo un poco la lógica regional –como si aún no fueran parte de Lima.

Hoy la tarea es otra. El reto de Muñoz es unir a esas dos Limas que no logran encontrarse aún. Tender puentes para que se integren, literalmente, a través de sus cerros. Darles tranquilidad a los vecinos para que no sientan que “inclusión” es sinónimo de “inseguridad”, sino lo contrario.

Lo mismo a nivel nacional y regional. Vizcarra tiene un gran reto: integrar el territorio. Algo que el interior pide a gritos: “No nos excluyan del desarrollo nacional”. Por ello también los resultados en Puno son una clara señal de alerta, como advirtiendo al jefe de Estado y al nuevo Alcalde de Lima que no se duerman tras la embriaguez de la fiesta democrática.

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