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Una máxima del ajedrez político es saber combinar tres componentes de una gestión y comunicación social efectiva: legalidad, legitimidad y conexión emocional.

La primera es aquella que sostiene un Estado de Derecho. Es la norma que los ciudadanos cumplen si se han acostumbrado a conocer la Ley y respetarla. El Perú, por cierto, no es un buen ejemplo de respeto a la “legalidad”, pues la institucionalidad es un vacío que aún perdura en el imaginario popular, debido a que la clase política y las instituciones educativas no son capaces de reconvertir al 70% de informales en el país en ciudadanos con deberes y derechos.

El segundo es un componente algo más complejo. Se refiere al engagement que consigue el líder político con sus seguidores y usuarios cuando tiene algún encargo público de por medio. La “legitimidad” se expresa en aprobación, popularidad y expectativas; en otras palabras, se expresa en índices de percepción de la gente. No es solo producto de una comunicación efectiva. Es el reflejo de actuar y comunicar coherentemente.

Por último, la conexión emocional es un componente conocido por todos. Es la esencia de la comunicación efectiva. Es el uso adecuado de discurso, tono de comunicación y expresión no verbal. En otras palabras, es la dosis de verosimilitud que consigue cada líder político cuando interactúa con la gente.

De combinar estos tres componentes se logra ganar batallas o guerras políticas y contiendas electorales. Estos componentes sirven para analizar, por ejemplo, la goleada que viene propinándole el Presidente Vizcarra y su equipo de gobierno a la ―cada día más débil― coalición legislativa fujimorista, representada en el imaginario popular por Keiko Fujimori y su decreciente popularidad. Sirven también para analizar la apretada final que se viene dando entre los candidatos a la Alcaldía de Lima, en un final de fotografía entre Urresti, Muñoz, Reggiardo y Beingolea.

Conocer estos componentes y saber cómo combinarlos es la clave para ganar elecciones y gobernar sin contratiempos. No es fácil ni tampoco difícil. Requiere de conocimiento e investigación, experiencia y manejo de las calles. Necesita de información y control de emociones y conductas individuales y sociales. No es una ciencia exacta, afortunadamente. Pero es una ciencia que requiere profesionalizarse.

Si quiere evaluar al mejor candidato y al mejor político, si quiere comprender por qué Vizcarra está ganando las batallas, si quiere saber qué sensaciones prefieren los votantes que irán a las urnas este domingo, si quiere proyectar mejor el futuro político y electoral de nuestro país, póngale ojo a estos tres componentes. Póngale atención a cómo juegan los líderes políticos y funcionarios de gobierno con ellos. Y entonces comprenderá mejor para qué sirve cada uno de ellos y por qué hacen la diferencia entre un juego de ajedrez político bien pensado con consecuencias buscadas por sus estrategas y entre una consecuencia no buscada resultado de la improvisación y el albur de la dinámica social.

Quienes quieran dibujar “teorías de complot” en la improvisación de nuestros políticos, no comprenden qué se esconde en el “ADN” de los estrategas políticos y gubernamentales. Encontrarán explicaciones racionales que intenten explicar lo que en su momento fue irracional. Pero comprenderán también que su lugar no está en la definición y construcción de la historia, sino en la constatación de lo que ya ocurrió. Nada más.

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