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El Perú enfrenta una grave crisis social que se manifiesta a través de la cultura del odio, una penosa situación que impacta en todos los sectores, en todas las regiones del país y de distintas maneras.

Es cierto que ninguna sociedad está dispuesta a tolerar la violencia, el crimen, la delincuencia y tampoco la corrupción, pero acaso la solución a estos males que infectan el país es responder con más violencia, con venganza, con castigos draconianos, con abuso del poder y la fuerza, o lo que es peor, con la descalificación, el desprecio y la discriminación de los que proponen una solución distinta.

Si repasamos un poco el discurso de los políticos en sus campañas electorales podemos encontrar a candidatos que se muestran como una especie de seres superiores dispuestos a resolver los problemas de los más vulnerables, de los pobres, de las mujeres y niños desprotegidos, sin embargo, en cuanto llegan al poder, en algunos casos, los han calificado como los causantes de todos los males, señalándolos como una especie de ciudadanos de segunda clase, esos informales, invasores, miserables, serranos, ignorantes, y tantas otras expresiones de desprecio, e incluso, de intento de desaparición como pasó con las esterilizaciones forzadas en la dictadura fujimorista, expresiones que forman parte del discurso tras bambalinas de aquellos políticos ungidos del voto popular, paradójicamente.

Por otro lado, los medios de comunicación, los parlamentarios de hoy, los analistas políticos y los usuarios de las redes sociales difunden mensajes de odio, de miedo, de confrontación, no solo con el que representa una posición política contraria, también se ataca a las autoridades, a los que piensan diferente, a los investigados, a los de izquierda, centro o derecha, a los que obran bien, a los que se muestran solidarios, incluso entre ellos mismos; una retahíla de insultos y señalamientos que exacerban el racismo, la xenofobia, el machismo y la discriminación, una especie de supremacía política o del poder, sobre el resto.

Estos discursos de odio se están instalando en la conciencia de los peruanos que encuentran en los feminicidios, la delincuencia, la corrupción, la agresión, la falta de respeto a las normas de tránsito, a los vecinos, al compañero de clase, a las normas de buena convivencia, como un testimonio vivencial de la cultura del odio que nos envuelve en su oscuro manto, incluso las iglesias hacen lo propio cuando usan el pretexto del pecado como la mayor amenaza de terminar en el infierno. El miedo al dolor, a la condena, al golpe del más fuerte sobre el más débil, del rico y poderoso sobre el pobre y miserable, esa es la forma de vida que estamos alimentando con cada frase, con cada gesto, con el desprecio al otro, a ese que quiere ser mejor que yo cuando no lo merece porque es inferior, porque no es profesional, porque ni siquiera sabe hablar bien, porque vive en un cerro, porque es homosexual, y tantas otras barbaridades que escuchamos en los diálogos cotidianos de varios “ilustres” peruanos.

Es momento de transitar de la cultura del odio y la barbarie hacia la cultura del buen ciudadano, la cultura del respeto, de la familia y del amor a la patria. Debemos entender que los seres humanos no nacemos odiando a los otros, incluso antes de nacer conocemos el amor, y desde que abrimos los ojos al mundo aprendemos a confiar en los seres que nos aman, que nos protegen, que nos abrigan y alimentan, así llegamos al mundo, sin embargo, con el tiempo aprendemos a desconfiar, las creencias y prejuicios de la sociedad basados en el miedo empiezan a sembrar las raíces del odio en el corazón de los hombres y mujeres, y es entonces donde la educación y la cultura entran en acción para enseñarnos a reconocer este mal para poder neutralizarlo, para evitar que se adueñe de nuestras mentes, nuestras palabras y luego de nuestras manos.

Los políticos deben entender que su principal responsabilidad es promover el bien común de la sociedad, el ejercicio de su liderazgo debe contribuir a la transformación de su entorno para orientarlo hacia la felicidad y el progreso, por lo tanto, deben ser conscientes de que los dos mayores enemigos de un líder son el miedo y la mediocridad, el miedo porque es la semilla del odio, y la mediocridad porque es el fango donde el odio siembra mejor sus raíces.

Necesitamos combatir esta cultura del odio con acciones sensatas, necesitamos de códigos, normas y leyes que contribuyan a la erradicación de sus más perversas expresiones, pero sin atentar contra la libertad, sin atentar contra los derechos humanos, es decir, códigos, normas y leyes y sus aplicaciones a través de una justicia real, una justicia que no encarne la venganza, tampoco la impunidad ni los privilegios, que no tarde en su aplicación y que garantice el respeto a la condición humana, incluso de los más perversos, esa es la justicia que necesitamos en el Perú.

Entonces surge otra preocupación cuando miramos a los responsables de construir y aplicar esos códigos, normas y leyes que necesitamos, porque en lugar de encontrar a hombres y mujeres con mentes preparadas para asumir el reto, con valores, inteligentes, pensantes, cultos, tristemente encontramos a los principales promotores de la cultura del odio, esos que aumentan el fuego en lugar de apagarlo, claro que con honrosas ―y muy pocas― excepciones.

Lo que es peor, esos que tienen la obligación de mitigar el odio en el Perú fueron elegidos por nosotros mismos, y muchos de ellos, la mayoría, fueron elegidos como producto del odio que representan o que generan en la paupérrima capacidad de elegir que tenemos los peruanos.

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@jucenaf
Periodista y conductor de televisión en TV Perú. Máster en Gerencia Pública, especialista en imagen y comunicaciones con experiencia en el sector público y privado. Conferencista en temas de liderazgo y desarrollo personal. Luchador incansable contra la crisis de valores para construir un mundo mejor ¡JALCA por siempre!

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