Fuente: Internet

Durante el primer gobierno de Alan García yo vivía en San Juan de Marcona, eran mis años de vida irresponsable porque solo tenía la obligación de estudiar la secundaria en el colegio Miguel Grau y practicar el karate como deporte. Mi casa quedaba a unos 150 metros del colegio y a unos 50 metros del dojo, lugar donde el sensei Enrique Díaz nos exigía al máximo en el último turno de entrenamiento por las noches, llegaba agotado a mi casa con el único deseo de comer y dormir.

Al día siguiente muy temprano, solía despertar con la voz de Corbatita, antes de las 6 de la mañana tocaba de puerta en puerta nuestras casas en la zona H dejando el pan de leña. “A ver karateca, llegó el pan de leña, calientito para la familia”, solía decirle a mi padre cuando le abría la puerta, “que tengas un buen día” y sonreía gratamente Corbatita, casi sin apuntar o llevar las cuentas del pan que nos dejaba en casa, su mirada vivaz, su rostro siempre alegre y sus frases de ánimo eran su mayor característica.

Corbatita se levantaba de madrugada, aún a oscuras recogía los sacos de pan que llevaba al hombro y empezaba su recorrido por las zonas de aquel campamento minero que hoy parece detenido en el tiempo. Allí padecimos el desastroso gobierno de García, luego la dictadura de Fujimori, después el retorno de la democracia con Paniagua, Toledo, otra vez García, luego Humala y ahora PPK. Todos estos gobiernos siempre fueron materia de conversación con Corbatita, un personaje singular que tenía la virtud de la empatía, su pobreza nunca fue una limitación para leer todo lo que pudiera, su modesto trabajo de repartidor de pan en el pueblo le permitió ganarse el cariño y reconocimiento de todo el puerto, todos lo conocíamos, todos hemos hablado con él, todos lo escuchamos en la radio, en la televisión, en una esquina, en el mercado, o en la puerta de nuestra casa con el pan en la mano.

Como todo campamento minero, las actividades comerciales y sociales suceden los fines de semana, los sábados y domingos son las fechas de compras en el mercado, de cervezas en los bares, los bingos, polladas, fiestas y pichangas deportivas, así era ―y aún es― la vida en el Puerto, y Corbatita era muchas veces contratado por unos pocos soles para perifonear en las calles anunciando las actividades de cada fin de semana.

Así como pasaron los años, presidentes y alcaldes, el joven Corbatita se fue convirtiendo en un hombre de 67 años, pero su espíritu y su verborrea seguían siendo admirables. Con él podías hablar de fútbol, era hincha de la “U” y admiraba al Cuto Guadalupe, o de política, fue muy crítico de Alan García, y finalmente de todos, ni los alcaldes pasaban la prueba de sus críticas pero con un especial sentido del humor, con una bondad y humildad desbordante, y siempre con un consejo para ser mejor persona.

Corbatita perdió a su hermano hace más de un año. El “doctor”, como lo conocíamos, fue encontrado muerto en las afueras de Ica, y luego no supimos de algún otro pariente, vivía solo, en una casita de madera en el pueblo joven Túpac Amaru, su morada era tan sencilla como su alma, tan humilde como sus gestos y profunda vocación de servicio, sin maldad alguna. Solo era él, un vivo testimonio del hombre pobre de oficio humilde y gran corazón, con locuaz capacidad de hablar sobre sueños e ideales para hacer un mundo mejor,  como muchos de los personajes que siempre representó Cantinflas en sus películas.

Era un adulto mayor, como los más de tres millones de peruanos que tenemos en esta etapa de sus vidas, hasta que la muerte le llegó de un momento a otro. Manuel Chang Ramos murió en su casa, ese día el pan no llegó a las casas, ese día fueron a ver su casita y lo hallaron allí postrado, sin vida. “Se murió Corbatita”, corrían la voz los vecinos, las redes sociales anunciaban su partida, el último adiós a Corbatita fue en las calles, con una pequeña banda de músicos espontáneos, con flores y familias completas acompañándolo en su recorrido por el pueblo joven donde envejeció, sin quejarse, probablemente con el dolor de la soledad, el abandono y las enfermedades que nuestros viejos sufren a esa edad, sin nadie que se ocupara de él y le diera afecto.

Así es el triste final de nuestros viejitos que vemos en las calles, en el campo, en los pueblos, sentados en las puertas de sus casas esperando que se les acabe el tiempo, ancianos que no tienen seguro, que no tienen pensión, solo 500 mil reciben algo de Pensión 65, algo que muchas veces solo sirve para los analgésicos genéricos que les mitiga el dolor del cuerpo, pero no del alma. Más de un millón y medio de adultos mayores, más mujeres que varones, no reciben una pensión de nada, ¡viven de milagro o de la misericordia de almas buenas!

¿Cuántos años trabajaron por el país?, ¿cuánto produjeron en las minas, en el campo, en el mar, en las fábricas?, ¿cuántas carreteras construyeron?, ¿cuántas casas levantaron?, ¿cuántas aulas rompieron su silencio con la voz de aquellos maestros?, ¿cuántos hijos amamantaron?, ¿cuántos panes repartieron?, ¿cuántos de ellos y ellas hoy están vivos? pero muertos en el alma, ya sin voz, sin fuerzas, sin paso ligero, sin lágrimas porque se les agotaron, ¿cuántos seguirán abandonados por sus hijos, sus amigos, sus parientes, y por el Estado?

Descansa en paz, Corbatita. Marcona siente tu partida, tu ausencia. Sin embargo, hoy tu muerte es una llamada de atención para que pensemos en nuestros viejos. A pesar de todo, siempre tuviste una sonrisa, siempre nos diste esperanza, y siempre estuviste dispuesto a ayudar al prójimo. Hombres como tú hacen tanta falta en estos tiempos. Hombres humildes, pero de gran riqueza en el alma, el corazón y el pensamiento. Hombres que de verdad tienen valor, porque sus vidas nunca tuvieron precio.

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