Foto: Perú 21

La comida siempre representa una serie de significados sociales. Es imagen de la estructura social reflejada desde el plato hasta la forma de sentarse en la mesa. Para Levi Strauss, incluso representa uno de los pasos de la naturaleza a la cultura; representando un grado de civilización; una marca de diferenciación social o de identificación nacional, local o regional.

También representa un elemento político cuando se manifiesta en la escena pública, tejiéndose alrededor de ella una serie de narrativas con matices críticos a un determinado panorama político.

La comida en el Perú es uno de los símbolos actuales de identidad. Dicha cuestión no sería ajena a los emigrantes venezolanos, quienes escapando de una crisis económica y política se refugian en el suelo peruano para buscar nuevas oportunidades de vida.

Últimamente, se habla de arepas, tizana y bombitas, pequeños piqueos venezolanos que se encuentran a la venta en diferentes partes de la ciudad de Lima: buses, esquinas, mercados, calles, estaciones del metropolitano, apilados en puentes uno tras de otro… En cualquier lugar encontramos a un venezolano que ofrece sus productos gastronómicos, pero ¿qué representa este negocio gastronómico muy difundido en estos días por los ciudadanos venezolanos en la ciudad de Lima?

A nuestro entender, si bien se configura como una estrategia de sobrevivencia a la llegada a un país, representa también una forma de expresión política, de resistencia e identidad, y una manera de establecer lazos de solidaridad y comunidad entre dos naciones con hábitos alimentarios totalmente distintos, una especie de alianza a través del paladar.

Las comidas venezolanas se introducen de manera positiva en el mercado limeño. Esto se debe a que se convierten en un símbolo de resistencia y lucha de migrantes venezolanos. Dicha cuestión identifica a los peruanos, quienes pasamos por similares circunstancias de crisis política y económica en algún momento.

La venta de estos productos se aggiorna de crítica política cuando toma elementos nacionales y simbólicos de Venezuela, como las gorritas, casacas con los colores de la bandera y los discursos utilizados como estrategia de venta que asumen posiciones críticas frente al gobierno de Nicolás Maduro.

La venta de ciertas comidas utilizando el discurso político y los símbolos nos indica una necesidad latente de identidad, de recuperación de lo propio que les ha sido arrebatado en su propia sociedad. Pero también una demanda de comprensión social y solidaridad.

Toda esta narrativa ayuda a que los peruanos que hemos vivido en carne propia las crisis políticas, incluso el éxodo de migrar, comprendamos la dimensión de la situación de los venezolanos. Es una forma por la cual, apelando a la solidaridad, se establecen lazos sociales en la que una cultura acepta al otro por su condición de no privilegiado, a través del consumo de su expresión cultural más evidente, que en el caso venezolano es la comida.

Si bien Lima no escapa al fenómeno de resistencia a lo foráneo, como existe en otros países, donde se construye al otro como peligroso (incluidas sus manifestaciones culturales), e incluso se replica en casos de discriminación a migrantes andinos y amazónicos y no podemos negar que existan casos de xenofobia hacia los venezolanos; cierto es también que hoy predomina la aceptación a expresiones gastronómicas distintas, lo que implica una aceptación de ciudadanos foráneos a la comunidad peruana.

No debería sorprendernos que, con el transcurso del tiempo, la arepa y otras comidas sean incorporadas a las tradiciones gastronómicas peruanas, donde se originen fusiones. De hecho, ya podemos ver algunas como las arepas de lomo saltado y ají de gallina vendidas por ciudadanos peruanos en algunas partes de Lima.

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