Foto: Perú21

Los servicios de salud en el Perú fueron protagonistas de la noticia durante la semana que pasó. La lamentable muerte de Yolanda Velásquez, madre de la excongresista Ana Jara, demostraron las irreversibles consecuencias de la ineficiente atención de salud que padecemos muchos peruanos cuando recurrimos a los hospitales y centros médicos del Estado.

Si miramos el número de establecimientos de salud, encontramos 11,873 clínicas y consultorios privados (57 %), 8,062 centros de salud del MINSA y gobiernos regionales (39 %), 380 pertenecen a ESSALUD (2 %), y 393 administrados por otros como Sanidad, INPE, y demás (2 %).

Sin embargo, el número de afiliados que tienen derecho a la atención por parte del MINSA supera los 16 millones de personas, y ESSALUD cuenta con 9,5 millones de afiliados, mientras que los establecimientos privados –el 57 %- atienden a un poco menos de un millón de personas, una paradoja.

Sabemos que el Perú tiene más de 20 mil centros de salud formales, lo que no sabemos es si todos los establecimientos están debidamente equipados y, principalmente, si los especialistas que brindan el servicio de atención médica están realmente capacitados para darnos una solución a los problemas de salud que nos obligan a acudir a ellos.

Lo que tampoco sabemos es lo que se hace para erradicar los locales de salud informales que, según la Superintendencia Nacional de Salud, alcanzan los 600 mil y operan al margen de la ley.

Es claro que los principales problemas que vemos en el sector son de infraestructura; también de hacinamiento en los centros médicos públicos, y cuya consecuencia es el alto riesgo de contaminación y contagio de los pacientes; el irresponsable manejo de los residuos biocontaminados; el deficiente abastecimiento de medicamentos y materiales médicos; así como el deficiente mantenimiento y adquisición de equipos médicos; y digo deficiente por no decir corrupto, porque la peor contaminación que padece el sistema de salud es la corrupción enquistada en todos los niveles, así como la falta de ética y moral de aquellos médicos, empleados, funcionarios y empresarios, públicos y privados, que viven de este “lucrativo” sector; y de la vocación de servicio queda poco que decir, realmente son pocas las excepciones.

Felix Carbajal Paredes, de 84 años, ingresó el 10 de agosto al Hospital III de Chimbote debido a un evento cerebrovascular isquémico, sin embargo, en emergencia, el doctor que lo atendió le diagnosticó un “cuadro de Alzheimer”, claro que la tomografía que le realizaron después demostró la verdadera razón. Felix fue internado, y al día siguiente dio signos de recuperación, pero, por recomendación médica se quedó un día más en observación, y luego otros días más, hasta que el 19 de agosto falleció por una severa infección pulmonar, y aunque a los familiares les dijeron que fue consecuencia de una fibrosis pulmonar, en realidad murió por un shock séptico y neumonía ocasionado por una infección intrahospitalaria.

Casos como este se han hecho públicos en redes sociales durante la última semana, y en contracorriente, algunos médicos y otros “expertos” han circulado mensajes de desagravio a su sector, defendiendo lo indefendible, y justificando la muerte de la mamá de Ana Jara de la manera más absurda, e incluso, con calificativos discriminatorios y denigrantes contra ella.

Creo que esto demuestra una vez más, que las políticas de Estado no son simple literatura para justificar el gasto público o promover la inversión privada. La salud pública es una tarea fundamental que debe atender el Estado con eficiencia, transparencia y honestidad. No se trata de construir más hospitales, sino, de promover una cultura de vida sana en el país. Está demostrado que la prevención es la mejor manera para estar saludables, y esto es responsabilidad de los que gobiernan, por ejemplo: ¿cuánto tuvimos que esperar el reglamento de la alimentación saludable? que aún no está vigente; ¿cuándo veremos que el deporte realmente sea una actividad promovida en el país?; ¿cuándo se atreverán en el Congreso a sacar una ley que prohíba la publicidad de alimentos dañinos para la salud?; ¿cuándo veremos que la educación se oriente hacia la formación de buenos ciudadanos, con buenos hábitos de conducta y de alimentación? en lugar de “exitosos profesionales” dispuestos a acumular dinero sin importar la salud y el bienestar de los demás; ¿cuándo veremos que las autoridades realmente supervisen a las universidades que enseñan medicina? para tener la seguridad de que los futuros médicos realmente estarán capacitados para confiarles nuestras vidas y la de nuestros hijos.

Una señora me comentó que el mes pasado tuvo que pagar 500 soles a un médico para que le consiga una cama para su familiar en el hospital Rebagliati, otra persona que trabaja en un laboratorio me asegura que la única forma de vender sus productos es ofreciendo el “diez por ciento en donaciones” para los responsables de las contrataciones, y “becas internacionales con gastos de viaje pagados” para los médicos que darán la conformidad, y así, son casos interminables que demuestran el nivel de podredumbre humana de los que les confiamos nuestra salud. Realmente es difícil confiar en ellos, en sus diagnósticos, en sus recetas, si vemos que detrás hay intereses de empresas, laboratorios, marcas, auspicios u otros afanes que contravienen a la ética y la moral.

Debo decir también que felizmente existen médicos de honor, con vocación de servicio, honestos, que no manchan sus ropas blancas con las coimas, ni sus manos con la negligencia o la indolencia ante el sufrimiento de los que acuden a ellos pidiendo ayuda, consejo, atención y respeto, nada más. Son pocos pero son, y esperemos que no se alejen del servicio público a pesar del hostigamiento que generalmente sufren por no dejarse infectar por el cáncer de la corrupción que pulula en sus centros médicos.

Mis condolencias y solidaridad con Ana Jara por lo sucedido con su madre, y también con todas aquellas familias que lloran por sus seres queridos, sobre todo los que terminan siendo víctimas de un perverso sistema de salud que deja a la suerte lo que se le debe confiar a la ciencia: la vida y la salud, el estar bien de todos los peruanos.

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